Anónimos...


Acorazados y torpes.
Mutilados.

Frágiles y efímeras
estatuas de sal.

Ciegos. Aferrados
a un inquieto pasamanos,
van dormidos, susurrantes.
Anhelan la sorpresa
que devuelva la cordura,
que les grite que la vida
no es un túnel de cemento
ni una torre de cristal.

Y allí van los corazones,
en ayunas. Vacilantes.
Cabalgando a cada paso
sobre el frío pavimento.
Con la fe tan resignada,
con la risa masacrada.

Con el traje de costumbre.

Mariel