Exiliada...


En el espacio mínimo que sobrevive entre letra y letra, entre aguaceros de palabras inconexas, perplejas y desilusionadas que se apretujan y se combinan a mi arbitrio, trato de alejarme de la mentira macabra, del odio en limusina y de la absurda insensatez que nada puede justificar ni nadie alcanza a explicar. Allí, entre esos intersticios, sobrevive mi libertad.
Es la pequeña gragea de aire que me alivia de tanto ahogo, para recuperar la soñolienta ternura de la siesta o el tiempo entre tibio y fresco de los otoños, con su nostálgica dulzura y sus ocres que graciosamente zigzaguean hasta descansar sobre el césped bañado de rocío.

Soy, al fin, una burbuja intentando escapar sin éxito de la oscuridad profunda de los mares propios y ajenos, buscando el sol que entibie mi piel y el viento hermano que me seque las mejillas con caricias de lejanías que desearía alcanzar y de historias antiguas y ajenas que quisiera vivir (alguna vez)

A tientas disemino letras en el aire como una ciega que avanza por los estrechos pasillos de un laberinto que parece conducir a todas partes, o a ninguna.
Me aíslo entre metáforas inútiles en tanto que inextricables. Invento y reinvento mundos y rincones, senderos y justificaciones para olvidar el mundo de los senderos sin rincones ni justificaciones.

Soy, al fin, una exiliada de una realidad que no existe. Un misterio para mí misma y, en todo caso, es ese misterio el que me define...


Parte del aire...


Tus versos son parte del aire. Huelen a jardín y aroman las conciencias dormidas.
Sonarán siempre tus rimas como el aleteo febril de un picaflor mensajero de voces y de besos, descorriendo los densos velos del alma, de un horizonte a otro de las emociones.
Son tus letras el sonido mismo de la ternura, elevándose en acordes metafóricos que mientras vibran, colorean la sinfonía eterna que sólo percibe el corazón...

Lo sé aunque nunca los leí, pero sí leí tu vida, sí escuché tu voz; saboreé tu risa, conocí tus lágrimas...


Luces y sombras...


No es la luz la que modela las formas sino que son las sombras, ni es la voz la que identifica a las personas, sino sus palabras, así como no son las palabras las que revelan las personalidades, sino los silencios.

No me espanta lo que ven mis ojos, sino lo que creo percibir desde atrás de ellos...

No es mi destino el que me define, sino mis pasos...


La prisión...


Los barrotes de mi prisión los forjé pacientemente con multitud de dudas resistentes como el acero que el tiempo se encargó de asegurarlos por fuera con candados de miedos oxidados.

Tras los muros de piedra y frío se borraron horizontes y sueños. Las noches dejaron de ser amparo o aquel espacio inabarcable donde expandir el alma y los días se limitaron a contar los minutos con la monotonía exasperante de un mantra desgastado.

Rasguño con desespero cada hendija buscando una línea de luz para mis sombras, un aliento de rosas nuevas, una gota de sal del mar de mis eternos o alguna sonrisa extraviada en la maraña de los olvidos. Buscando ser una vez más...