Exiliada...


En el espacio mínimo que sobrevive entre letra y letra, entre aguaceros de palabras inconexas, perplejas y desilusionadas que se apretujan y se combinan a mi arbitrio, trato de alejarme de la mentira macabra, del odio en limusina y de la absurda insensatez que nada puede justificar ni nadie alcanza a explicar. Allí, entre esos intersticios, sobrevive mi libertad.
Es la pequeña gragea de aire que me alivia de tanto ahogo, para recuperar la soñolienta ternura de la siesta o el tiempo entre tibio y fresco de los otoños, con su nostálgica dulzura y sus ocres que graciosamente zigzaguean hasta descansar sobre el césped bañado de rocío.

Soy, al fin, una burbuja intentando escapar sin éxito de la oscuridad profunda de los mares propios y ajenos, buscando el sol que entibie mi piel y el viento hermano que me seque las mejillas con caricias de lejanías que desearía alcanzar y de historias antiguas y ajenas que quisiera vivir (alguna vez)

A tientas disemino letras en el aire como una ciega que avanza por los estrechos pasillos de un laberinto que parece conducir a todas partes, o a ninguna.
Me aíslo entre metáforas inútiles en tanto que inextricables. Invento y reinvento mundos y rincones, senderos y justificaciones para olvidar el mundo de los senderos sin rincones ni justificaciones.

Soy, al fin, una exiliada de una realidad que no existe. Un misterio para mí misma y, en todo caso, es ese misterio el que me define...