Amaneceres...


Cada mañana los senderos se dividen delante de mis ojos como venenosas lenguas de serpientes hambrientas y sin que yo pueda hacer nada. Se separan, se escapan de mis pasos temerosos y quedo atrapada entre mis dudas perpetuas y alguna que otra supuesta certeza y así, lo quiera o no, debo animarme a andar.
Recurro a aprisionar entre mis dedos helados los fetiches que siempre supuse que me socorren o consuelan ante cada encrucijada, cuando la indecisión me paraliza hasta que duele.
Cuando cada mañana abro la caja de mis circunstancias, jamás encuentro dentro de ella un folleto que detalle las ventajas y las desventajas de estar viva, las indicaciones y las contraindicaciones de abrir las ventanas ni como solucionar los problemas más habituales de los sentimientos encontrados...

Me falta una estrella que me guíe por los horizontes que se expanden y se contraen caprichosamente, ¿o será que necesito un poco de magia blanca que me transporte en un pase imperceptible a otros mundos más dulces y tiernos?
La mirada se me cristaliza con el miedo, con la duda, con la desesperación ante lo incomprensible. Los árboles son simples triángulos de rígidas aristas o círculos que giran y me atraen hacia su oscuro centro, indefinido e incierto. Las calles son sucias y duras rectas y el sol un hexágono que ruge su fuego que calcina impiadoso mis pupilas cansadas.

Y en mi obsesiva búsqueda de paz y contención imagino que ya no hay una mano a la que aferrarme, descubro que no hay familia que me ampare ni ilusión que me obligue a andar...

Presente contínuo...


Es aquel
un hombre extraño.
Un ser alado
sin historia ni recuerdos,
sin espectros ni futuros.

Es su cuerpo
un ente enfermo,
seco y descarnado.

Triste sombra demacrada
que jamás pudo volver
porque nunca ha partido.

Son sus alas, esas alas,
sólo un símbolo de nada.

Páramo...


Conservo palabras grabadas en el aire, palabras de letras aladas buscando horizontes como pájaros libres y con el canto tenue de una nube pasajera.
Hay miradas que penden con dolor desde las alturas inciertas de cada recoveco del alma y en alguna foto que resiste el tiempo y los olvidos.
Retengo bajo la piel mil gestos, silencios y pasos, pero he perdido para siempre la melodía de tu voz y la tímida frescura de tu risa.
El mundo ahora es un páramo despojado de amores. Un paisaje tan oscuro y lúgubre que tu luz espejada en mil estrellas por momentos me encandila el corazón pero que al fin, en las mañanas, es mi guía, mi destino y mi razón...

Cuando lo turbio nubla la mente, cuando la indolencia araña la piel y el dolor consume las fuerzas; cuando no hay quien escuche mi voz ni sendero que me lleve a la paz. Cuando la oscuridad lo es todo y el miedo me abraza, aún estas allí. Aún estás aquí...

Mi alma es hoy un desbande de negras mariposas, un desmadre de aguas tristes, un incierto espejismo de amores perdidos...

Ausencias...


Duele el peso de las ausencias igual que duele la cruz cuando del Cristo sólo quedan en el madero las mudas cicatrices de los clavos.
Duelen las ausencias vestidas de presencia perpetua, cuando no hay razones ni ilusiones que consuelen ni palabras que las abarquen. Cuando siento que la vida no es más que el triste testimonio de lo que fue, de lo que la muerte se empeña en arrebatarme.

Juro que vi el rostro oscuro y cruel de la muerte. Una noche pasó apurada ante mis ojos anunciando lutos, penas y vacío. La presentí también en las últimas miradas de miedo y de desolación que me negué a entender o aquella tarde en que inútilmente me quedé esperando una última palabra hasta que un garfio helado me arañó la espalda.

Podría decir que ya no le temo pues poco me queda si se ha llevado lo mejor de mí. Sólo le pido no más penas ni dolores nuevos. Que me lleve cuando esté dormida y mientras en sueños abrazo a los ausentes.

En tanto, el corazón se desgaja como flor amarga que sangra en silencio lágrimas de rocío.


Memorias de la bruma...


Como bruma llegaste hasta mi almohada en una bocanada de aire antiguo, deslizándote entre lejanas lágrimas de amor angustiado que ya creía secas y olvidadas.

Regresaste desde algún futuro incierto del pasado, abrazando recuerdos de pasión y de dolor que no sé si fueron algún día o son todavía.

Palpé a ciegas aquel amor en la oscuridad de mi silencio, te saboreó mi cuerpo dolido y te abracé entre las piernas en un estéril intento por evitar que escaparas otra vez de mis poros abiertos y de la tibieza recobrada de la almohada.
En el centro de mi muro inasible de roca y algodones se abrió el cerrojo de una puerta sin goznes ni llave. Tal vez fuera la puerta del alma, quizá la de un delirio onírico sin otro propósito que reabrir heridas y atizar las cenizas de una pena...

El alma duele en el cuerpo...


Si existiera el tiempo el futuro sería un punto incrustado en un rincón del círculo oscuro de la nada, y si entonces existiera mi futuro sería ese punto, vacío y anodino, en el centro del silencio quejumbroso, en el fondo de un volcán dormido, en el suspiro de un cadáver recién nacido.

El alma duele en el cuerpo y el corazón se cierra en un puño, aterrado, rígido como el miedo al miedo, como aquel punto en el centro de la nada. Se eterniza el martirio del dolor de cada día y de toda hora. Se aposentan el insomnio repetido y las noches vencidas.

Pero qué es un punto sino algo informe con fronteras inciertas o tal vez un mínimo horizonte encerrado en sus silencios. Yo necesito cielos abusivos, de infinitos que precisan de miradas inacabables para huir de este cerco de cemento y de furia, de las noches que oprimen, de los corazones dormidos, de las almas ausentes que queman como lágrimas. Escapar incluso de mí misma pues mis sueños y mis pasos ya no tienen meridianos que alcanzar y a mis ojos los abruman los ayeres...

Y entonces camino por el desfiladero de la desesperanza con la ilusión del pragmático de un lado y la fe de los ateos del otro.


Vibrato...


"Nada está inmóvil. Todo se mueve, todo vibra"

Hermes Trimegisto

Ni tu voz se ha silenciado,
ni quedó a oscuras tu mirada
y hasta tus pasos tan dolidos
se han negado a descansar.

Yo aún te sigo viendo
en el aura de las noches,
en la breve curva de mi letra,
en la triste garúa del otoño. 

Te veo siempre a través de la miríada de espejos ilusorios que cubren el universo y que replican tu imagen hasta en la sal de mis lágrimas sin nacer. Así recuerdo tus sonrisas y tus gestos y reconozco los torbellinos de amores perpetrados, de deseos descarnados y de pasiones ansiadas que girarán por siempre a tu alrededor...

Sé que hoy sigues conmigo
o tal vez quedó adherido
en la piel de mi memoria
algún beso que he perdido
o ese abrazo postergado.