El artista que llevamos dentro...


Todo lo que nos rodea no es otra cosa que una creación nuestra. El universo mismo lo es, porque somos parte indisoluble de ese todo y porque todo está indisolublemente unido a nosotros. No sólo somos iguales los unos a los otros, en tanto humanos, sino que no nos diferenciamos en absolutamente nada de una piedra, de un ratón o de un ladrillo. Lo único que "eventualmente" puede distanciarnos apenas un poco de lo material, de "las cosas", es que tenemos algún grado más de conciencia (al menos momentáneamente). Pero al fin de cuentas, TODO es conciencia. Por lo tanto vuelvo al principio y digo que somos parte indisoluble del todo y todo está indisolublemente unido a nosotros.
Y cuando digo que hasta el universo entero no es otra cosa que una creación nuestra, quiero decir que existe porque le damos un sentido, porque llenamos todo de conciencia y sentimientos. La conciencia y los sentimientos son la materia prima básica y elemental del universo, es el código por medio del cual podemos comunicarnos entre nosotros y con cualquier otra cosa existente en cualquier rincón universal. Pero resulta que parece que hemos olvidado esto. Los pueblos más antiguos lo sabían y lo hemos olvidado. Nos dedicamos a llenar nuestras vidas con cosas y creemos que eso nos hará felices. Nos rodeamos de aparatos y de herramientas de todo tipo, de medicamentos y de comida basura. Nos vestimos a la moda o vemos masivamente alguna serie de televisión... y pensamos que eso es la vida.

Sin saberlo, todos somos artistas. Todos hacemos constantemente una obra de arte (buena, mala o regular), miles de obras de arte y ni siquiera lo sospechamos.
Somos nosotros quienes creamos la realidad que nos rodea. La realidad más próxima, como la más distante...
Nada es feo o bello por sí mismo ni lo es para todo el mundo. Eso significa que a cada cosa, a cada pequeña o gran cosa la cargamos de sentimientos y de sensaciones. Por ejemplo, vemos bella a la Torre Eiffel. No dudo que tiene su belleza intrínseca. Por su simetría, por su esbeltez, por su entramado, etc... Pero apenas vemos su imagen, aunque sea insinuada, inmediatamente nos invade un sentimiento determinado que nos dice que es más hermosa de lo que podría ser si no estuviera en París y si no se hubiera cargado su imagen con las sensaciones poéticas y las emociones que despertó en millones de otras personas a lo largo de su historia. Eso sólo ya la hace una obra de arte. Y es una obra de arte colectiva, donde cada uno de nosotros ha contribuido con su aporte. Y es una obra de arte que no termina nunca, porque segundo a segundo se van añadiendo nuevos sentimientos y sensaciones a su alrededor y la transforman y enriquecen. Y ocurre lo mismo con cualquier ínfima cosa de este mundo y de este universo empezando, desde luego, por nosotros mismos. Nuestros cuerpos, pero sobre todo nuestras conciencias, son el lienzo donde a cada instante estamos sumando una pincelada. Estamos haciendo nuestra propia obra de arte. Mejor o peor, pero lo que somos es nuestra propia obra. Y lo que vivimos y vemos y lo que nos pasa, es nuestra obra. Nuestros pensamientos y sentimientos construyen, inexorablemente, nuestra realidad. Y por extensión necesaria, la realidad de nuestro entorno, de nuestra familia, de nuestra ciudad, de nuestro país, de nuestro planeta y finalmente, del universo mismo.

Aún ninguno de nosotros es capaz de imaginar siquiera el poder que tenemos en nuestras manos, a nuestro alcance. Y no sé si alguna vez seremos capaces de comprenderlo o imaginarlo.

Sólo debemos tener en cuenta que lo que pensamos (bien o mal), somos. Lo que sentimos (bueno o malo), nos es devuelto. Lo que deseamos (bueno o malo), nos es dado... Por eso es vital que cuidemos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros deseos. Los debemos depurar y sanar si de verdad nos queremos, si realmente amamos a quienes nos rodean y si con total sinceridad y humildad estamos convencidos de que si nos lo proponemos, la verdadera paz y armonía humana son posibles.