Historias perdidas y encontradas...


Unos papeles amarillentos, un mueble con marcas imborrables o una canción que suena a púa gastada.
Un libro surcado de miradas, un dibujo casi desaparecido o una foto ajada y sepia.
Una copa opacada, un reloj cansado o una prenda de vestir con aromas añejos...

Todo tiene vida. Mucha vida...

Tiene la historia de su propia existencia y la de quienes dejaron en los objetos las huellas de sus instantes de vida. Volver a verlos, rescatarlos o redescubrirlos es devolverle la vida a sus antiguos dueños. Es permitirles regresar a la luz a aquellos que arrastró la sombra alguna vez...

Cuando me encuentro con algún objeto así no puedo resistir la tentación, la necesidad imparable de apoyar mis dedos, recorrer su textura y recoger sus vibraciones subyacentes. Creo no estar loca pensando que puedo sentir los imperceptibles latidos de sus historias maravillosas o terribles, gloriosas o patéticas...
Cada ínfimo átomo de sus esencias adormecidas recobra el alma y se me prende a la piel y la sangre como un espíritu ávido de vida y de luz.

Las rugosas paredes de un edificio perfumado de humedades y aires que olvidaron escapar a los cielos, hablan de palabras y caricias, de odios y amores, de vidas y muertes.
Hablan de nosotros mismos cuando aún no éramos...

Hablan.
Todos estos viejos espectros, hablan.
Nos hablan, aunque muchas veces nuestros oídos estén dormidos.
Sin embargo, nos hablan igual.
Hablan con su halo de pasados eternos.

Me hablan...
Por eso los amo tanto...