Una mañana...


Mi cabeza da vueltas por infinitos mundos vacíos. Salgo a flotar por los  infiernos de la nada hasta volver al mismo punto de partida, como encerrada en un gigantesco laberinto que no existe, pero que se siente opresor, asfixiante. Perverso.

En algún momento de lucidez compruebo con angustia que allí donde debería crecer la vida, crece la muerte.

Camino por la casa los mismos pasillos quietos, las mismas sombras. Miro sin ver lo mismo una vez y otras mil. Nada se mueve, nada está vivo, todo me demuestra ausencia y desinterés, desgano, soledad. Abandono.

El silencio de los míos golpea el alma con puño de hierro y ya ni los espejos me hablan.

De algún lado surge un gusano hambriento, sigiloso como el aire, que deglute ilusiones y esperanzas. El silencio lo apaña, la quietud lo alienta, la abulia lo alimenta y yo estoy sin fuerzas para enfrentarlo.

Pero una mañana me levantaré...




Volveré...


Una noche deberé partir,
o una mañana cualquiera.
Pero habré de volver
con la memoria intacta
atesorada en el alma.

Elegiré un día de luminosa frescura
para disfrutar del reencuentro
con los caminos ondulantes
bañados por la claridad sensual
de un otoño amanecido.

Volveré mil veces y una más
como deseo atormentado,
cargada de sensaciones
y oliendo a néctares y a lluvia.

¡Estaré volviendo tantas veces!
Cada día del eterno calendario,
como lo hace el viento
desde el fondo más oscuro
del pasado y del futuro.

Como rocío, perpetuo y fresco,
para humedecer las bocas,
las pétreas manos
y la carne firme.

Volveré siempre igual
y de aquí en más,
como pantera sangrante,
herida y voraz,
acechando amores.

Al llegar buscaré la luz.
Me quedaré muy quieta
ante la luna y el sol
para ser  simplemente
una silueta breve
dibujada al trasluz
entre los velos sutiles
de una brisa otoñal.

Siempre estaré volviendo
como un deseo atormentado
desde el fondo más oscuro
del pasado y del futuro.

Volveré como rocío,
humedeciendo bocas,
reviviendo flores,
renaciendo amores.


Equilibrio inestable...


Cuando todo alrededor permanece inmóvil es porque algo se está moviendo en lo profundo del inconsciente.
Si en mi mente se instala una quietud aplastante, sé que en algún rincón del alma se está gestando una tormenta.
Cuando parece que mis pies echan raíces imagino que mi alma está viajando por los incontables estratos de la conciencia universal.

Cuando el aire alrededor y los espectros que habitan en mí están como dormidos, todo es muy simple y armonioso. Nada es confuso, nada es opaco. Las sombras se tornan claras y transparentes. Puede que sea sólo un instante diminuto, pero esa pequeña porción de paz me devuelve el equilibrio, que aunque inestable, preserva mi frágil cordura y me permite sostenerme en pie.


Portales...


Portales. El mundo está inundado de portales. El universo. Los universos, todos, son un inconmensurable reservorio de portales.
La mente misma, por supuesto, tiene infinidad de ellos que al abrirlos nos conducen a encrucijadas que conectan la cordura con la locura, la genialidad con la estupidez, las afinidades con el rechazo, el deseo de vivir con el de la autodestrucción y así indefinidamente.

La vida tiene sus portales, así como la muerte.

Portales, puertas, pasajes, pasadizos, cuevas frías y oscuras, sótanos con olor a humedad, altillos que el tiempo olvidó o celdas de la colmena de la mente que esperan ser habitadas, ¿qué importa cómo denominar los infinitos recovecos de lo que existe y de lo que existirá, de lo que es y de lo que ya no es, de lo que nunca jamás podré entender?

Quisiera conocer en mi vida cada rincón posible, cada flor, cada espina y cicatriz y así, cuando sea el momento, dejar la mochila atrás y andar liviana de carga pero no de experiencias; sin pesares ni remordimientos.

Me transformo todos los días. De mis ruinas nocturnas me reconstruyo en la mañana. Dolorida, tambaleante, desconcertada y con más dudas que el día anterior, pero es mi nuevo punto de partida. Mi comienzo de la vida. Cada vez más atardecida, más cansada y asustada, pero comienzo al fin.

Y en el principio de cada nueva vida me espera un portal desconocido al que no puedo resistir, que me niego a ignorar y que necesito atravesar aún sabiendo que jamás lo haré de nuevo porque aunque lo intente, una vez que esté del otro lado ya no habrá regreso posible.

Sin embargo parecerá que todo sigue igual, aunque yo misma ya no sea la misma. Cada mañana, cada noche, todos los días. Por siempre...


Tres gemas...


El último viaje no será el último y tampoco el único. Será una travesía sin fin, solitaria y silenciosa en una barca pequeña y sin timón. No lo necesita porque este mar es inagotable e inabarcable.
Un mar sin sol, sin luna, sin lluvia. Sin vida propia, pero viviente. Colmado de vidas ajenas que se asoman y se sumergen, que aparecen y desaparecen...

Pero ahora, hoy, voy por un camino que conozco y que a la vez me es extraño. No sé hacia dónde me lleva ni cómo llegué hasta aquí; tampoco de dónde vengo. Si alguna vez tuve un rumbo, hace tiempo lo perdí. Creo que camino en círculos, por los estrechos pasillos de mi propio laberinto.
Tantos pasos he dado que ya no los sé contar, pero en los sueños los tengo presentes y los recuerdo. Los lugares, las caras, las sonrisas y las lágrimas. Las idas, las ausencias y los reencuentros que tuvimos y los que no pudieron ser. Las despedidas esperanzadas, las esperas sin fin y el dolor de los olvidos forzados. Todos los pasados se hacen presente para luego volver a lo que fue, incluso también mis sueños.
Los mismos errores e idénticos aciertos, que no son producto de mi mejor o peor actuación, de mis virtudes o defectos sino de circunstancias y lugares, de pasados o de presentes circunstanciales.
Me reencuentro con personas que nunca conocí o que no recuerdo en absoluto y sin querer me distancio de quienes siglos atrás compartieron mi vida con afecto y con pasión. Estoy segura de que algún día los volveré a encontrar, cruzando fronteras y encrucijadas dibujadas en el aire, porque todo esto no se trata de otra cosa que de una danza sin fin, una música que no cesa y los cuerpos que vuelven a girar, una vez y otra, con la cadencia de la melodía.

Sin embargo no sé hacia dónde voy ni por qué razón. Tal vez esté buscando las tres gemas que le dan sentido al alma, tres gemas perdidas en los archivos olvidados de éste corazón.
Mientras tanto cantaré una canción que jamás habré escuchado, pero que de alguna manera reconoceré mía. Una melodía que jamás conocerán ni los dioses ni los demonios.

Y al final, mi lápida dirá: "Ya no está aquí. Se fue al reencuentro de sus tres gemas"


Tres rosas secas...


Siento que cada día es una preparación, que acondiciono pensamientos y miradas, descarto quimeras disfrazadas de ilusiones y me trazo metas mínimas, tan insignificantes que se me ocurre que son mentiras piadosas que me empeño en creer.
Guardo en la mochila un diario personal que aún permanece en blanco, con tres rosas secas entre sus páginas, alguna sonrisa recuperada por la memoria o por el azar y las voces que hoy no recuerdo, pero que reconoceré por la noche.

De la muerte sólo conozco su implacable constancia, el aire que desplaza su presencia y los resultados palpables de su obra.

A veces pienso cuan largo será el camino hacia su encuentro. O cuan breve.
Si será oscuro o luminoso; si tendrá dirección hacia algún nuevo horizonte o si será un viaje hacia el vacío de la pura nada.
No lo sé. Quizás nunca lo sepa, ni siquiera cuando lo transite.
De lo que estoy segura es que será un sendero solitario que desandaré con miedos e incertezas, con angustias o con el alivio de dejar atrás dolores y pesares.

Escucharé susurros acercándose tiernamente, alguna calidez que atempere el frío o una brisa fresca que dulcifique el ardor de las almas en llamas.
Tal vez todo sea parte de un mismo sueño, de un sueño que se sueña una y otra vez. Y otra más...

De ser un laberinto, desearía que fuera de azhares y de azaleas, de rosas y de margaritas. Flotar entre sus aromas y sentir la tierna caricia de sus pétalos frescos.

Entonces me miro al espejo y me pregunto si soy yo...
Y si llego a comprender que ese reflejo me pertenece, trato de discernir de qué lado estoy...


Hasta que mis palabras callen...


Amanecí vacía.
Tan llena
de la pura nada
y de mis abismos.

Pareciera que,
en mis adentros,
la nada se vuelve todo
y el todo, la nada.

Es como sentir
que entre los huesos
la vida y la muerte
son la misma cosa
y se pasean juntas.

Con la inocente inconsciencia de la hormiga, incapaz de percibir su fragilidad y pequeñez, transito por el delgado corredor que separa y que une la luz aparente y la oscuridad incomprobable, ese sendero ínfimo y peligroso como el filo de la espada que se forja a fuerza de fuego y de martillo.

Y así seguiré hasta que mis palabras callen y empiecen a borrarse del papel, hasta que finalmente esté cansada de estar cansada...