El cielo que intuyo...


Miro al cielo...
Lo hago siempre.
Siempre lo hice...

Cuando era chica tuve esa cosa religiosa, mística. Ese algo que me atraía por lo desconocido y misterioso. Quise incluso tomar la comunión pero mi inconstancia dejó en la nada lo que seguramente fue siempre nada. Mis pasiones suelen ser por ráfagas y mis inconstancias, constantes...
Sin embargo no es que mire el cielo buscando lo divino, sino más bien lo hago desde la sensación de que en ese infinito laberinto de estrellas y de oscuridades hay demasiadas cosas que no puedo dejar de conocer, demasiadas cosas que de una u otra manera me identifican y me pertenecen y que me están haciendo falta en el aquí y en el ahora. Retazos de mí misma. De mi historia ya vivida y de las que creo que aún no he vivido. Porque todo está allí, aunque también esté aquí. Pero este mundo tan concreto y rústico no me permite recorrer las intrincadas sutilezas de mis imperfecciones, las delicadas ondas del sentimiento, los apasionados retratos de mis anterioridades, la imponente y cristalina diáspora de todas mis vidas...

Y miro al cielo para volar...
Para ser.
Para alcanzar...

Para perderme y para encontrarme...