Vértice...


No entiendo de qué va la vida cuando un puñal en el pecho me recuerda que los ausentes ya nunca volverán, que las palabras no dichas quedarán mudas en los recovecos de mi conciencia atormentada o que los abrazos que intento en el vacío de nada valen ahora, ni nunca valdrán.

De que irá la vida si los besos que podría ofrecer, todavía no los he dado y las palabras que necesitaría decir están ahogadas entre mis penas antiguas, mis incertezas eternas y mis silencios avergonzados.

Sólo sé que cuando las voces se van perdiendo y no se pueden recordar significa que he llegado a conocer uno de los vértices de la soledad.


Lo que los ojos no ven...


¿Cuánto horror hay más allá del horror?
¿Cuánto dolor detrás de lo percibido cada día, cada noche y en cada palabra?
¿Cuánta más vida y cuánta más muerte subyacen bajo de la superficie o al otro lado de mi breve mirada?
Las voces que me rodean se hacen inentendibles, guturales, como murmullos inhumanos. Son voces de seres sin rostro u ocultos tras las máscaras de sus propias alienaciones, penurias y miserias.
Donde hubo vida descubro ruinas y donde hay vida escucho lamentos fantasmales.
Hay una sombra. Más que una sombra, un ente sombrío que se cierne sobre la inocencia de las gentes, que las atrapa con sus manos gelatinosas, las pervierte y al fin las desecha.
Pareciera que nadie es capaz hacer nada. Tampoco yo, que me encierro en mi guarida de huesos, músculos y tendones doloridos intentando sentir el dolor verdadero.
Un dolor personal que me aleje por un instante del espanto colectivo.
Entretanto las luces de la ciudad parecen distraídas, ajenas, distantes. Parpadean más rápido que mi corazón y que mis pensamientos. Me encandilan, me entorpecen los sentidos, me engañan y me desgastan.
Otras sombras como yo pasan a mi lado y yo misma soy una otra sombra que pasa a través de ellos.
En alguna calle un maniquí roto y desmembrado se desangra con lágrimas de resina y de sal al pie de los edificios de hielo semi ocultos tras interminables cortinas de hule que danzan sus danzas macabras; indiferentes, ajenos, impíos. Distorsionan el verdadero rostro del engaño, de la mentira insidiosa, de la impiedad.
Es el horror más allá del horror.
El dolor de cada día, de cada noche y de cada palabra.
La muerte empujando a la vida hacia los subsuelos de cemento, hacia las espeluznantes catacumbas de la verdad.


Respuestas...


Porque hay veces que sobran las palabras.
Porque a veces las palabras no alcanzan.
Porque sé que a veces me faltan las preguntas.
Porque nunca las preguntas sobran.
Porque valen más las preguntas que las respuestas.
Porque hay preguntas sin respuestas.
Porque no hay respuestas sin preguntas.
Porque todo tiene un por qué.
Porque no siempre conocemos el por qué.
Porque no siempre sabemos las preguntas.
Porque la duda vale más que la certeza.
Porque la certeza nace de una duda y muere en otra duda.
Porque hay días que amanecen anochecidos.
Porque el destino no está escrito, ni en el cielo ni en el alma.
Porque el destino, si está escrito, niega la libertad.
Porque el olvido se hace llaga o termina en cicatriz.
Porque un momento es eterno.
Porque el tiempo es una paradoja.
Porque el tiempo es memoria proyectada y esparcida.
Porque el presente es un punto.
Porque pasado y futuro en este punto no existen.
Porque todo existe porque existo.
Porque la muerte no es quietud.
Porque la vida se nutre de la muerte.
Porque la muerte comienza con la vida.
Porque la vida está llena de vacíos.
Porque los vacíos se llenan con vida.
Porque nadie se explica de qué va la vida.
Porque imaginar que la muerte es oscura es que la vida nos parece luz.
Porque la luz necesita de la sombra.
Porque el universo es poesía.
Porque el silencio es la música interior.
Porque la poesía son los silencios en armonía.
Porque aprendí a reír de tanto llorar.
Porque los ausentes no dejan de volver.
Porque antes de cada final hubo un comienzo.
Porque antes de cada comienzo hubo un final.
Porque en cada partícula están la nada y el todo.

Porque no existe el porque sí...


Tiempo entrópico...


No hay camino cierto por el que transcurre el tiempo, sólo una encrucijada tras otra, desvíos, pasillos sin salida, pasajes sin entrada.
El tiempo, si es que existe, sería entonces un laberinto o un desfiladero que se cierra en sí mismo y que nos obliga a volver atrás y empezar una y otra vez.

Quizás, incluso, existan laberintos o pasillos que en algún momento son paralelos, para luego alejarse en dirección contraria y después de incontables vueltas y curvas, terminen encontrándose de nuevo en alguna de las múltiples encrucijadas.

Como una pila de papeles que el viento arrastra hacia adelante y cada hoja se va deteniendo en la misma dirección, pero en lugares diferentes... hasta que otro viento las vuelve a mover para depositarlas en una nueva dirección una y mil veces, hasta que lo único que queda es un desorden incomprensible. En algún momento dos o más hojas de papel podrán volver a cruzarse o hasta puede ocurrir que luego de viajar sin un sentido aparente a merced de los vientos que les toque, vuelvan a reunirse todas en una pila, en un orden aleatorio o incluso exacto. Las probabilidades están, aunque sean ínfimas.

Así me da la impresión que se mueve el tiempo en nuestras mentes. De atrás hacia adelante, hacia arriba, hacia abajo, de un costado a otro o arremolinándose como el agua que se escurre por el embudo de la memoria...

Incertidumbre...


Qué son estos pies
sino raíces maltrechas,
gastadas, resecas.
O qué de estos brazos,
mis alas sin alma,
mi alma sin alas.

No soy árbol de otoño
ni ave que emigra.
Tiempo encarnado
tampoco he de ser.

Aspiro con ansias,
con fuerza
y con miedo
el aire dormido
de tantos ausentes.

Hoy grito en silencio
dolores e iras.
Me queman las risas,
me mata el olvido.


Charito se durmió...


Charito es un copo de nieve,
un trozo de cielo escondido.
Un coro de luz cuando llueve,
un lloro en mi cuenta del debe.
Buenos Aires amor baldío,
de besos de concreto y frío,
endulza tu palabra helada
que Charito está cansada,
sin sol, sin fe. Sin paz y sin bríos.

Se durmió como si tal cosa,
las manitas haciendo almohada
y el cruel agobio de frazada.
Baila un sueño de mariposa
por nubes de azúcar y rosas.
Sin hambre ni frío. Sin penas.
Ni una lágrima la encadena
a un mundo de labios marchitos.
Me has dejado sola, Charito,
con mi alma colmada de hienas.

(*) Escrita el 6 de junio de 2004, cuando aún quedaban cientos de chicos durmiendo y muriendo en las calles (como volvemos a ver hoy)


La cuna vacía...


No puedo distinguir las luces de ayer. Las sombras se me adelantaron y se replican incansables; implacablemente.
Y mientras intento desbrozar los recuerdos, el silencio se mece como una cuna vacía, sin niño y sin arrullos. Una cuna que en el frío de su soledad tiene la virtud extraña de reflejar el dolor más intenso o las esperanzas más tiernas.

Hasta que al fin, entre memorias desperdigadas y maltrechas, me alcanza la noche para hacer que descubra que me ha quedado la mirada muda y perdida en el silencio y la voz a oscuras, absorbida por las sombras.

Entonces lloro...