Parte del aire...


Tus versos son parte del aire. Huelen a jardín y aroman las conciencias dormidas.
Sonarán siempre tus rimas como el aleteo febril de un picaflor mensajero de voces y de besos, descorriendo los densos velos del alma, de un horizonte a otro de las emociones.
Son tus letras el sonido mismo de la ternura, elevándose en acordes metafóricos que mientras vibran, colorean la sinfonía eterna que sólo percibe el corazón...

Lo sé aunque nunca los leí, pero sí leí tu vida, sí escuché tu voz; saboreé tu risa, conocí tus lágrimas...


Luces y sombras...


No es la luz la que modela las formas sino que son las sombras, ni es la voz la que identifica a las personas, sino sus palabras, así como no son las palabras las que revelan las personalidades, sino los silencios.

No me espanta lo que ven mis ojos, sino lo que creo percibir desde atrás de ellos...

No es mi destino el que me define, sino mis pasos...


La prisión...


Los barrotes de mi prisión los forjé pacientemente con multitud de dudas resistentes como el acero que el tiempo se encargó de asegurarlos por fuera con candados de miedos oxidados.

Tras los muros de piedra y frío se borraron horizontes y sueños. Las noches dejaron de ser amparo o aquel espacio inabarcable donde expandir el alma y los días se limitaron a contar los minutos con la monotonía exasperante de un mantra desgastado.

Rasguño con desespero cada hendija buscando una línea de luz para mis sombras, un aliento de rosas nuevas, una gota de sal del mar de mis eternos o alguna sonrisa extraviada en la maraña de los olvidos. Buscando ser una vez más...


Sol Negro...


Los días parecen empeñados en expandirse con bifurcaciones alocadas, como los brotes de un árbol embriagado de primavera. Decisiones, elecciones y circunstancias que se entrecruzan sin fin hasta convertirse en una maraña indescifrable de contradicciones.

Son encrucijadas yuxtapuestas y que, tome el camino que tome inevitablemente me llevarán a una nueva encrucijada, diferente pero igual. Más que caminos, parecen desfiladeros angostos que se cierran detrás de mí y me impiden volver atrás.

Pero todo, comprendo al fin, no deja de ser un círculo, un laberinto en el que todos los caminos nacen y mueren en un mismo misterioso punto, el eterno Sol Negro. El punto caótico del origen y del final de todo lo que existe, de todo lo que aún no es y de todo lo que nunca será.


El corazón mirando al sur...


En ese instante sintió que la soledad se le presentaba en sus nortes con largas nostalgias de sures y en la tristeza de aquellos barrios que desde su ventana se hacían más distantes cuando las nevadas boreales los acorralaban en el tiempo.

Ilusiones y desilusiones se habían amontonado en las vitrinas opalescentes de los crepúsculos anodinos y deprimentes, descendiendo sobre mil tejados cargados de hielo y lejanía. Entonces el regreso era sólo un esbozo de deseo que se diluía en la maroma de los dolores más antiguos hasta desaguar quemando por entre los intersticios viscerales del alma.





Bruma y sal...


Echas a vuelo tu esencia pura
con las alas blancas
de mil gaviotas de sal y sol.
Generosa despliegas 
tu larga mirada de azules, 
tan extensa y abarcadora 
como bruma de lo eterno.
Tu vientre es templo vivo
de fertilidad perpetua
y se expande en el murmullo
de lo profundo y lo secreto.

En la amorosa humedad
de tu placenta y sus secretos
se presentan las ausencias,
se proyectan al mañana
y a los tiempos ya sin tiempo.

Sabrás Madre Salitre,
que en tu fecunda esencia 
llevarás por siempre
lo mejor de esta vida
y que en el frío de una noche 
me verás volver
hecha brisa de otoño, 
lágrima de sal y misterio.

Entre tus ciclos y reciclos,
entre tus flujos y reflujos
me irás nutriendo 
una vez y otra más
del amor de los ausentes
hasta que una madrugada
tu sangre inquieta
nos devuelva renacidos
en otras vidas,
en más abrazos.

Espejos y espejismos...


En el punto en que el día se desvanece se evidencia el lado oculto de los espejos y es en ese instante, durante alguna de esas profundidades tangenciales, que imagino percibir una suerte de llamado. Un susurro que aunque es mínimo, llena el ambiente. Se asemeja a voces pequeñas que se superponen o a melodías confusas y difusas que llegan desde muy lejos y que mi mente estructurada y poblada de esquemas de acero no consigue dimensionar.
Me siento en el piso cuidando de no agitar el aire ni las sombras que ya saturan el ambiente. Es el momento en que la oscuridad comienza a adueñarse de todo, como bruma que ahoga.

Quieta y expectante en el rincón más olvidado del cuarto, observo el cristal del viejo espejo de pared heredado de tiempos que ya nadie en la familia recuerda.

De su pulido trasfondo surgen y se expanden mil racimos de ínfimos destellos, como si fueran espejismos de almas encandiladas. Es en ellos que creo descubrir las miradas vivas de mis ausentes.
Busco delinear las formas que se esfuerzan por surgir de las fronteras desdibujadas de los seres aprisionados al otro lado de la realidad. No lo he confesado a nadie, pero sé que están allí, viviendo sus vidas traslúcidas en algún futuro incierto o en algún pasado de mutuas memorias. Un tiempo sin coordenadas que intenta alcanzar un presente que le fue arrebatado.

Son las estelas que dejaron quienes me precedieron, la tenue permanencia de aquellos que me acompañaron hasta algún recodo del camino, hasta una encrucijada que nos llevaría a mundos diferentes y que no supimos descifrar.
Si hasta a veces creo distinguir los matices de luz y sombra de sus voces que en mi imaginación recuerdan risas y llantos, miedos compartidos y los descubrimientos de significados ocultos en memorias antiguas, lejanas, perdidas.

Y así, en medio de mis divagues y contemplaciones, aparece un punto negro que gira en el centro exacto del espejo. Gira mientras late intermitentemente.  Gira y crece en forma de espiral, centrífuga y hambrienta serpiente de la oscuridad que engulle cada partícula de luz y de formas.
De pronto las voces enmudecen. Es en el justo momento en que la serpiente muerde su propia cola, devorándose a sí misma.

Vuelve la quietud y ya no queda ni mi propio reflejo.
La espiral de la noche se ha devorado mis sueños.