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Espejos y espejismos...


En el punto en que el día se desvanece se evidencia el lado oculto de los espejos y es en ese instante, durante alguna de esas profundidades tangenciales, que imagino percibir una suerte de llamado. Un susurro que aunque es mínimo, llena el ambiente. Se asemeja a voces pequeñas que se superponen o a melodías confusas y difusas que llegan desde muy lejos y que mi mente estructurada y poblada de esquemas de acero no consigue dimensionar.
Me siento en el piso cuidando de no agitar el aire ni las sombras que ya saturan el ambiente. Es el momento en que la oscuridad comienza a adueñarse de todo, como bruma que ahoga.

Quieta y expectante en el rincón más olvidado del cuarto, observo el cristal del viejo espejo de pared heredado de tiempos que ya nadie en la familia recuerda.

De su pulido trasfondo surgen y se expanden mil racimos de ínfimos destellos, como si fueran espejismos de almas encandiladas. Es en ellos que creo descubrir las miradas vivas de mis ausentes.
Busco delinear las formas que se esfuerzan por surgir de las fronteras desdibujadas de los seres aprisionados al otro lado de la realidad. No lo he confesado a nadie, pero sé que están allí, viviendo sus vidas traslúcidas en algún futuro incierto o en algún pasado de mutuas memorias. Un tiempo sin coordenadas que intenta alcanzar un presente que le fue arrebatado.

Son las estelas que dejaron quienes me precedieron, la tenue permanencia de aquellos que me acompañaron hasta algún recodo del camino, hasta una encrucijada que nos llevaría a mundos diferentes y que no supimos descifrar.
Si hasta a veces creo distinguir los matices de luz y sombra de sus voces que en mi imaginación recuerdan risas y llantos, miedos compartidos y los descubrimientos de significados ocultos en memorias antiguas, lejanas, perdidas.

Y así, en medio de mis divagues y contemplaciones, aparece un punto negro que gira en el centro exacto del espejo. Gira mientras late intermitentemente.  Gira y crece en forma de espiral, centrífuga y hambrienta serpiente de la oscuridad que engulle cada partícula de luz y de formas.
De pronto las voces enmudecen. Es en el justo momento en que la serpiente muerde su propia cola, devorándose a sí misma.

Vuelve la quietud y ya no queda ni mi propio reflejo.
La espiral de la noche se ha devorado mis sueños.


Instantes mínimos...


Desde el fondo opaco y silencioso de mí misma, el agudo alerta de un grillo solitario y perdido en algún laberinto del jardín me devolvió a la vida, a ese estado ilusorio que simulaba poseerme y rodearme cada día y que se deshacía de mí cada noche. Creo que aquel pequeño cantor era una representación del universo mismo que trataba de gritar fuerte que aún me espera, con paciencia pero sin descanso.

Sobre mi cabeza, una legión de mudos espectros luminosos y tambaleantes desplegados como anárquicas luciérnagas parecían moverse con el ritmo del opaco palpitar del corazón. Sentí que me querían proteger extendiendo una mantilla aterciopelada y que con su mutismo milenario me invitaban a guarecerme allí, bajo aquellas miradas de íntimas lejanías.

Fue entonces que me pareció percibir la magia inaccesible de la maternidad, la indescifrable ecuación del alumbramiento de esos instantes mínimos que explican la eternidad...

Hilo de luz...


Un hilo dorado y flamígero se filtró por entre las rendijas de la persiana baja. Parecía provenir de los orígenes mismos del universo, de la nada originaria preñada del Todo. De lo que estuvo por venir y de lo que aún no es...
Delicado y delgado como el cabello de una diosa pagana o como un milagro de amor, pero firme y férreo como el fiero brazo del montañés solitario.

Surcó el aire quieto y ensombrecido de mi cuarto casi dormido como si fuera la frontera final, el límite tajante entre la aletargada ternura onírica y la pétrea y concreta realidad de la vida y sus cuerpos efímeros. Mientras existió, mientras me regaló la vitalidad de su mínima existencia, entre sus bordes bailaron mil diminutas y ondulantes partículas de galaxias que parpadeaban sin cesar, imitando los guiños eternos de las estrellas.

Fue tan solo un instante fugaz, un suspiro del espíritu, un tierno acorde de una dulce canción y entre un tic tac y otro del impávido reloj, terminaron sus arabescos etéreos acurrucándose contra mi pecho, que se encendió de vida otra mañana más...

El relicario...


Hubo un día que en un olvidado altillo de la casa encontré un espejo antiguo y extraño. Está incrustado en un marco que parece intangible, casi transparente y su cristal parece ajado por el tiempo y por los pasajeros que lo poblaron y el ambiente en su interior está nublado de sombras. Es extraño porque cuando lo miro de frente refleja mi espalda y en él mi mano izquierda es también la suya.

Creo percibir que funciona como una suerte de relicario que guarda entre sus penumbras y para la eternidad lo que soy, lo que he sido y lo que seré, para que yo misma me vuelva a encontrar alguna vez. Pero más aún para que él me pueda mostrar cada noche la cara oculta de mi propia luna...

Breve historia mágica...


Imagino que la magia es una convicción íntima de lo irreal, una percepción inmanejable de lo inmaterial, una ilusión que se expande sin control en las fronteras mismas de la conciencia y de los sueños. Sin dudas que hubo magia una tarde de aquel verano en la sencilla y algo retraída ciudad de Uberaba, una especie de pueblo grande que sobrevive en la nostalgia de pasados más luminosos y esperanzados que el paso del tiempo deshilachó pacientemente. Un proyecto urbano que bien pudo haber sido garabateado sobre un papel ajado que el frustrado artista terminó arrojando entre los verdes morros del Brasil profundo. Ahora, a la distancia, creo que ahora podría decir que ese rincón mineiro detenido en el tiempo fue mi personal, fantástico y casi real Macondo.

Apenas comenzaba a desperezarse el domingo. El barrio parecía aún adormecido cuando la mañana ya empezaba a hacerse tarde y yo crucé la "varanda" de humilde cemento alisado matizado por febriles y serpenteantes rajaduras finas y breves, mientras que saboreaba en el aire el aroma de los mangos ya maduros que pendían de un árbol cuyas ramas invadían parte del jardín desde la pared vecina. Escalones abajo, lagartijas de todos los colores y tamaños corrían y se entrecruzaban tambaleantes y presurosas de una medianera a la otra, de jardín en jardín. Posiblemente sin saber hacia dónde ir o lo que querían a hacer, tal como yo misma...

El sol caía a pleno y "pesaba" sobre el cuerpo cuando salí a la calle desolada y silenciosa. Caminé lenta y libremente. Sólo contemplaba los pequeños detalles, aquello que en mis apuros cotidianos no había mirado nunca. El descubrirlos me permitó vislumbrar mundos desconocidos, diminutos o simplemente ignorados en la arrogancia de mis prioridades. Intentaba no juzgar ni comparar, sólo contemplar. No quería saber nada de lo que siempre imaginé importante ni pretendía comprender el para qué de las presencias o el por qué de las ausencias.
La calle era un suave tobogán que ayudaba a caminar livianamente. Caminaba descansadamente y en el fácil descenso me sentía acompañada por el parloteo alegre de bandadas de cotorras que entraban y salían en alborotado aleteo de la reserva de selva original hacia donde me dirigía y de la que me separaban unos ochocientos metros apretujados en sólo tres cuadras exageradamente largas y ondulantes. En la subida final del morro y a mi izquierda, un alambrado separaba la casi precaria vereda de la vegetación exhuberante de la reserva natural, testimonio de un profundo sentimiento de culpa de la ciudad por el tajo brutal que le había abierto a la naturaleza. A la sombra de los altísimos y frondosos árboles ubicados en el límite mismo con el espacio urbano, el aire era fresco y estimulante y estaba saturado de múltiples perfumes que se entremezclaban y que parecían irreales e inabarcables.

En ese rectángulo de una docena de hectáreas el universo mismo había desaparecido, oculto por un cielo de compacto follaje que parecía hablarme dulcemente con un murmullo lejano y apenas perceptible, casi como un coro de diminutas voces milenarias. El arco iris arbóreo de infinitos matices de verde y el aire terso y aromado que me envolvía, alimentaban aquellos pensamientos fugaces que viajaban sin rumbo entre los deseos que un día guardé en las profundidades de la memoria para luego quedar estancados en el pasado y aquellos difusos recuerdos del futuro que mi intuición esbozaba con fino pincel en forma de lugares y de rostros que en algún amanecer impreciso me estarían aguardando. Todo ese compacto cúmulo de sensaciones tejía una suerte de piel tersa que me encerraba con ternura en una burbuja sin tiempo y sin fronteras.

Mientras tanto el sendero por el que avanzaba con descuido se iba angostando imperceptiblemente al ritmo lento de mis pasos y se internaba en la espesura cada vez más voluptuosa y densa. La luz esparcía su agonía con resignación,  vencida poco a poco por una sombra fresca e impermeable. Tan cerrado era el follaje que el verde tendía implacablemente hacia una negrura inquietante pero placentera que permitía que las pequeñas flores silvestres que salpicaban los bordes del camino parecieran diminutas lucecitas de colores y que las orquídeas enamoradas de las rústicas cortezas de los árboles simularan fantásticos pájaros dormidos.

En un extraño remolino del tiempo (o de los tiempos) sentí que de alguna manera me transportaba a otras dimensiones de mí misma, de la naturaleza humana y universal. Nunca supe si fue un ascenso vertical hacia las altas profundidades de tanto verde anochecido o si aquella planicie rugosa y vibrantemente viva que me cubría caía sobre mí para aferrarme con sus mil tentáculos de amor sombrío y savia urgente. Tampoco pude dilucidar jamás si estaba con los ojos abiertos o cerrados; si estaba despierta o si yacía dormida; si fue un sueño lúcido o un mágico viaje de un subconciente sediento de nuevas libertades y de horizontes primigenios.
Creo que allí arriba, en la descomunal altura de aquella selva aprisionada entre los fríos alambrados, apareció de improviso alguna hendija que conectó mi pequeñez con aquella dimensión del tiempo que ningún reloj tenía registrado, con un espacio que hasta entonces no se había desplegado o con la nada misma que comunica con el todo. 
Y en ese preciso instante los pájaros callaron, los árboles aquietaron sus brazos madereros y eternos, el sendero borró mis pasos, la hierba sombría y húmeda se olvidó de crecer, las orquídeas disimularon su ostentosa belleza y un silencio espeso abrió su vientre desde las alturas incomprensibles para dejar escapar un pequeñísimo suspiro luminoso, más blanco que el blanco mismo. Era un punto en la negrura que caía zigzagueante, que titilaba y vibraba produciendo una embriaguez que hipnotizaba el corazón. Caía flotando y flotaba cayendo y en su descenso de insinuante sensualidad se dirigía directo a mí como palabra divina, como un angel mundano, como la genuina luz del corazón.
No puedo imaginar cuánto tiempo llevó el descenso de aquella pequeña estrella de apariencia titubeante pero que cargaba con la certeza de su esencia cósmica y única. No intresa el tiempo, como jamás interesó. Bien pudieron ser dos minutos, dos días o dos vidas. Y además ¿cómo podría saberlo yo si no tenía claro si era mi conciencia que evaluaba y consideraba, mi inconciente que recordaba y revivía o si simplemente era el alma que gozaba y se ensanchaba?

Y allá en el fondo estaba yo, tendida boca arriba sobre el ancho tronco vencido, mientras que aquel pedacito de universo se acercaba a mí en descenso arremolinado a veces, tembloroso por momentos e irremediablemente blanco siempre. Parecía un mínimo papel que alguna mano hubiera lanzado al viento, o como si hubiese sido arrojado dentro de una botella que bailoteaba sin control a merced de los caprichos indescifrables del mar.
Al fin una suave ola de brisa tibia la acercó hasta mí y para mi deleite se quedó suspendida un instante mínimo en el aire; tal vez para satisfacer su curiosidad o quizá  para asegurarse de que yo nunca la olvidara. 
Una maravilla de la naturaleza o un milagro inventado para mí. Creo que moriré sin saberlo...
Era una mariposa, pero una mariposa que nunca había visto y que jamás volveré a ver. No hay otra igual ni la habrá. Su forma y su apariencia no eran precisamente lo que yo hubiera podido identificar como natural. No por la perfección a la que la naturaleza me acostumbró, sino por su estricta pero graciosa y delicada forma geométrica. 
Era, pues, un rectángulo blanco, alargado y fino de inmaculada blancura y cuyo blanco perímetro estaba completamente poblado de tenues volados blancos, cual suntuoso y ondulante vestido blanco de bailaora gitana. Era blanca blanquísima, como el amor, como la esencia nívea, como la sal seca de una lágrima y, si en verdad existe Dios, ella habría sido tan blanca como el blanco aura de la clara divinidad. Sería entonces tan blanca como la Gracia de Dios.
Era una danza sensual, un ritual pagano, una premonición oculta. Aquella titilante blancura era un farolito de arrabal recostado contra el negro cielo de una noche cerrada, un cristal pequeño y frágil como la lágrima del desamor. Era en fin el espejo luminoso de las nieves eternas, luz espejada de la eternidad.

Unos segundos después, al ver que se alejaba flotando y danzando en el aire, imaginé que la suya sería una belleza dolorosa, obligada al deslumbre y sin permiso para el más mínimo desliz estético. Una belleza etérea e intangible, necesitada de desaparecer antes de que una mirada deshiciera su hechizo.

Se escondió enseguida en algún rincón frondoso de aquella metáfora de selva brasilera, desapareciendo de mi vista tan mágicamente como había aparecido. Fue entonces que la vida recobró de a poco su ritmo mecánico y altivo. Cantaron los pájaros sus mil variados acordes, otra vez la hierba pujó por borrar el indeseado sendero, las flores silvestres recuperaron la luminosidad de sus multicolores brillantinas y los pájaros dormidos que esconden las orquídeas volvieron a intentar el vuelo.

Y yo aún sigo allí, recostada sobre el viejo tronco tumbado; tumbada sobre mi alma tendida en la hierba, con el corazón más libre...


Aguas primordiales...


Busqué sin encontrar, porque busqué sin saber buscar. Seguí en la bruma los rastros de mi aliento, en los serpenteantes senderos de los deseos ajenos y en las colinas atestadas de sueños inconclusos.

Perseguí quimeras disfrazadas de utopías y dibujé la vida en las hojas del otoño.

Creí encontrar en las miradas de otros ojos lo que los tuyos y los míos supusieron ya no ver.
Sentí la ausencia, imaginé destinos, pospuse milagros y lloré despedidas que nunca llegaron.

Estuve perdida en el centro de mis noches, vestida de dudas y de mis propios fantasmas, desnuda de estrellas, sin guías del alma. Cuando ahogada en mil miedos desesperaba de mi misma, cuando me hundía en la ignorancia de mis íntimos secretos y de todo lo sagrado que se esconde entre los huesos, mis pies descalzos reconocieron la orilla esquiva que separa la noche de la vida...

Intuí entonces la melodía silenciosa de mis pasos...

Comprendí al fin la sutileza del destello vital que late en mí, reflejo fiel de lo que fui alguna vez, ondulante e inquieta partícula del ser.
Desafiante y dulce, arrogante y tierna, fragmentada y única.
Todo estaba allí, danzando para mi. Cada paso pequeño y débil se expandía suavemente hacia la lejanía de mis brumas, para que al fin no fuera tanta la lejanía ni fueran brumas nunca más...

Los misterios profundos del alma se mueven en frágiles círculos, silenciosos y cautos.
Son mis propios secretos que se ocultan entre las mudas piedras del lecho y allí quedan, parpadeantes y oscuros hasta que una luna cómplice les presta al fin un ínfimo murmullo de luz y de sombra.
Adivino sus contornos, su silueta y su espesura. Imagino antiguos horizontes y los siglos de palabras nunca dichas que guardaron para mí; el temor de no saber y ese instinto caprichoso que me incita a desear, a aceptar y a recibir

Aguas primordiales. Aguas eternas que lo contienen todo y que todo lo dan; la vida latente y las almas dormidas. Aguas sagradas de las que un día he de beber para darle un cuerpo nuevo al espíritu que hay en mí.

Misterios y secretos que no he pedido y sin embargo se me han dado.
Privilegios del destino, maravillas del amor...

Flujos y reflujos...


Tan largos son los caminos de mis noches y tantos los escondidos senderos, tan variadas las incomprensibles bifurcaciones y los oníricos paisajes. Tan extenso e imponente el caudaloso río de los diminutos latidos del corazón que me pierdo en mí misma y sucumbo en la seguridad de mis confusiones. Cada noche y en cada madrugada...

Y es la maravilla que cada mañana todas mis vertientes confluyen en mí. Me reconozco a pesar de las distancias recorridas, de las vidas separadas, de los universos que me alejaron de mí misma en los minutos y segundos de ese tiempo incomparable e impalpable, evanescente e irreal...
Y es entonces que me cuento lo que fui para saber lo que seré, porque es allí, en esos pálidos recuerdos nocturnos donde la irrealidad de lo real se despliega como la brisa en los trigales, invisible y ondulante, que está la verdad. Susurrante. Incorpórea...

Es allí que yo estoy conmigo y nos vemos las caras y nos escuchamos la voz. Allí es cuando somos las mismas aunque ya no lo seamos. Crecimos juntas por mil diferentes caminos atosigados de estrellas y es así que bajo el sol de las mañanas nos sabemos más sabias, más tiernas, más llenas de paz. Más allá del ego y más acá del alma y vuelvo a ser todas mis vidas en un sólo yo...

Maravilla es...


Maravilla es la ilusión de las cosas simples, arte efímero de lo impensado y lo creado por azar.
De aquello en lo que reparo cuando ya no existe, cuando sólo queda un mínimo destello en ese punto extremo del olvido...

El volátil juego no jugado, aquel que el tiempo perdido me permite encontrar.

El mismo juego y el mismo arte que pinta y despinta el universo en sus giros, en su eterno destrucción y construcción o en la recreación de infinitos pasados en futuros eternos con su estrategia de vida y de amor, con su estética constante y breve de luces y de sombras. O el del mar pintando mis miradas con estrellas de aguas danzantes que saltan y caen, que me tocan en brumas y sal...



Palabras al viento...


Aunque no nos demos cuenta, el viento es un gran narrador de historias. 
En su camino va recogiendo palabras en mil idiomas, gestos que dicen más que mil palabras y que mil idiomas. Historias de amor, de odio o de soledades.
Relatos de pasiones, de olvidos. Realidades y fantasías de pueblos ignotos. Mitos, leyendas, locura, fe…
El viento es sabio. Prestémosle mucha atención…


Con manos invisibles me va enredando en el cabello mil historias nuevas de antiguas voces, sutiles melodías de tierras extrañas y aromas esenciales de prados y flores...

En su incorpórea suavidad me acarician infinitas palabras nacidas en la lejanía de los tiempos y en los horizontes hoy ausentes. Historias de amores y de odios; de soledades y nostalgias.

Te ruego que no olvides dibujar aquellas risas en mis labios ni de dar calidez a estas lágrimas prestadas...

Caracola...


Tengo una caracola que no guarda el sonido del mar.
En su intrincado interior se esconde mi pequeña voz infantil. Aquella que reía por todo y que lloraba por nada. La que cantaba en silencio y hablaba con melodías…

Palabras...


La gente tiene la fantasía de que las palabras duermen dentro de los libros a la espera de que nosotros decidamos prestarles atención. Que están pendientes de nuestra voluntad para poder ver la luz durante los minutos que tardamos en leer una página y pasar a la siguiente. Que las palabras sólo despiertan durante esos breves minutos y luego vuelven a dormir durante días o años…

Lo cierto es que las palabras fluyen libremente por el espacio, por los bosques y los mares, por los pueblos y por la casa toda y sólo se posan sobre el papel cuando abrimos el libro. Se acomodan de tal manera que podamos leer lo que decidimos leer…
Y cuando damos vuelta la página, hasta allí van ellas rápidamente para continuar con la historia…

Si fuéramos lo suficientemente rápidos como para abrir el libro en cualquier parte antes de que las palabras tuvieran tiempo de llegar a la página elegida, encontraríamos que no hay nada. Que la página está totalmente en blanco y entonces sí, de pronto veríamos cómo mágicamente se puebla de sentidos, de ideas, de ilusiones y de historias.
De palabras……

Alturas...


Buscó mil maneras de volar intentando llegar a alturas que nadie hubiera alcanzado jamás…
Y pensó mil y una. Y miles más…

Hasta que un día, al fin, descubrió que sólo hacía falta cerrar los ojos e imaginar…

El todo...


Es maravilloso saber que dentro nuestro está absolutamente todo el conocimiento universal...
El universo mismo...

Al mismo tiempo desmoraliza pensar que no será suficiente la vida  para entender cabalmente la verdadera riqueza que poseemos. 
Nuestro poder creador y transformador…

Tal vez por eso estemos condenados a volver y volver...

Una vez.
Mil veces…

Historia y misterios...


Qué me atrae del cielo nocturno, de las estrellas?
Creo que todo. La profunda oscuridad, la lejanía, su silencio misterioso, su belleza incandescente e impoluta, el delirante deseo de alcanzarlas…

Tal vez, más que todo, el pasado lejanísimo e incomprensible que me permiten ver hoy. 
La historia del universo relatada en código de luz y oscuridad. Un sistema binario único e irrepetible. Inimitable. 
Genial…

Tengo millones de orgones sobre mi cabeza...


Alguna vez pudieron ver los “orgones”?

Son partículas de energía que se pueden observar al mirar el cielo.
Son muy pequeñas, movedizas y brillantes. Se podría decir que en cuanto a su forma son casi similares a los espermatozoides y también se mueven nerviosamente como ellos. Esto es para que se den una idea quienes no los vieron nunca…

Están por todas partes, claro… pero se ven perfectamente contra el cielo. Cuando está nublado también, aunque sus movimientos son más lentos y hay en menor cantidad.

Son portadores de energía, de la cual nos alimentamos todos los seres vivos. Esa energía se la aporta la luz y más fuertemente, la luz solar. Por esa razón los días nublados hay menor cantidad y se mueven más lentamente.

Dejen la mirada fija y como perdida en un punto del cielo y los podrán observar casi sin dificultad…
Es otro de los fenómenos extraordinarios que nos rodean todos los días de la vida y desde siempre, pero que sin embargo no solemos ver porque estamos inmersos en la "realidad" (?)

Pas de deux...


Majestuosa danza de la que somos simples pasajeros. De la que no participamos más que intuitivamente. Testigos mínimos, asomados tras los visillos de la realidad.
Aprendimos que allí está toda esa maravilla y sin embargo no la palpamos porque ni nos acordamos que existe. Tan ensimismados en lo pequeño que tenemos delante de nuestros ojos irritados por las pantallas y los horrores reales e imaginarios. Tan ajenos a lo grande por concentrarnos en lo pequeño...
Y somos nosotros mismos quienes lo hacemos tan terrorífico a veces, siendo un enorme reservorio de maravillas…
O mejor, la maravilla misma!
Un sincronizado ballet cósmico. Una danza gigantezca y mágica, continua y envolvente. Con ella nos deslizamos a su ritmo y capricho y sin siquiera darnos por enterados...

Y de todo nos perdemos por sumergirnos en nuestros mundos de egoísmos, hedonista y egocéntrico, colmado de pequeñeces y mezquindades.

Perseguimos la ilusión de “ser alguien” y no de simplemente ser…

Paren el mundo, me quiero bajar!


Cómo seremos de ilusos que creemos que permanecemos quietos en la butaca de un cine durante dos horas, o leyendo un libro durante una hora en un mismo lugar, cuando en realidad el vehículo espacial que habitamos nos ha trasladado lejísimos de donde creemos estar.

Cuando terminamos la película, estamos 216 mil kilómetros más lejos que donde estábamos cuando se apagaron las luces del cine… o el libro lo cerramos 108 mil kilómetros después de haber leído la primera frase!


Los Alpes: paisajes danzantes para soñar...


Algo que me fascina ver son las imágenes en cámara lenta o, por el contrario, en cámara rápida. En este caso les dejo dos de cuatro videos maravillosos creados por Michael Rissi.

En inglés se llama este tipo de trabajo Timelapse (Lapso de tiempo). Ya lo habrán visto muchas veces con diferentes motivos. Son imágenes tomadas durante un determinado tiempo y que luego se pasan a una velocidad mucho mayor.

En estos videos van a ver los preciosos paisajes de los Alpes. Esas moles de roca y hielo envueltas en nubes de todo tipo, danzantes y voluptuosas. Con una sensualidad y una cadencia bellísimas. Los juegos de luces y de sombras... todo una coreografía genial.

 En el segundo video, también hecho en los Alpes, se puede ver la noche en esa zona. El lento desplazamiento de millones de estrellas, el cielo rasgado por repentinos trazos de luz de las que llamamos "estrellas fugaces". Las nubes haciendo jugar a la escondida a las estrellas y a la luna...
No dejen de verlos. No se arrepentirán... Les aconsejo verlos en pantalla completa.

Y si quieren ver los otros dos videos que completan la colección, pueden verlos en el sitio de Michael Rissi en Vimeo...