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Espejos y espejismos...


En el punto en que el día se desvanece se evidencia el lado oculto de los espejos y es en ese instante, durante alguna de esas profundidades tangenciales, que imagino percibir una suerte de llamado. Un susurro que aunque es mínimo, llena el ambiente. Se asemeja a voces pequeñas que se superponen o a melodías confusas y difusas que llegan desde muy lejos y que mi mente estructurada y poblada de esquemas de acero no consigue dimensionar.
Me siento en el piso cuidando de no agitar el aire ni las sombras que ya saturan el ambiente. Es el momento en que la oscuridad comienza a adueñarse de todo, como bruma que ahoga.

Quieta y expectante en el rincón más olvidado del cuarto, observo el cristal del viejo espejo de pared heredado de tiempos que ya nadie en la familia recuerda.

De su pulido trasfondo surgen y se expanden mil racimos de ínfimos destellos, como si fueran espejismos de almas encandiladas. Es en ellos que creo descubrir las miradas vivas de mis ausentes.
Busco delinear las formas que se esfuerzan por surgir de las fronteras desdibujadas de los seres aprisionados al otro lado de la realidad. No lo he confesado a nadie, pero sé que están allí, viviendo sus vidas traslúcidas en algún futuro incierto o en algún pasado de mutuas memorias. Un tiempo sin coordenadas que intenta alcanzar un presente que le fue arrebatado.

Son las estelas que dejaron quienes me precedieron, la tenue permanencia de aquellos que me acompañaron hasta algún recodo del camino, hasta una encrucijada que nos llevaría a mundos diferentes y que no supimos descifrar.
Si hasta a veces creo distinguir los matices de luz y sombra de sus voces que en mi imaginación recuerdan risas y llantos, miedos compartidos y los descubrimientos de significados ocultos en memorias antiguas, lejanas, perdidas.

Y así, en medio de mis divagues y contemplaciones, aparece un punto negro que gira en el centro exacto del espejo. Gira mientras late intermitentemente.  Gira y crece en forma de espiral, centrífuga y hambrienta serpiente de la oscuridad que engulle cada partícula de luz y de formas.
De pronto las voces enmudecen. Es en el justo momento en que la serpiente muerde su propia cola, devorándose a sí misma.

Vuelve la quietud y ya no queda ni mi propio reflejo.
La espiral de la noche se ha devorado mis sueños.


Hilo de luz...


Un hilo dorado y flamígero se filtró por entre las rendijas de la persiana baja. Parecía provenir de los orígenes mismos del universo, de la nada originaria preñada del Todo. De lo que estuvo por venir y de lo que aún no es...
Delicado y delgado como el cabello de una diosa pagana o como un milagro de amor, pero firme y férreo como el fiero brazo del montañés solitario.

Surcó el aire quieto y ensombrecido de mi cuarto casi dormido como si fuera la frontera final, el límite tajante entre la aletargada ternura onírica y la pétrea y concreta realidad de la vida y sus cuerpos efímeros. Mientras existió, mientras me regaló la vitalidad de su mínima existencia, entre sus bordes bailaron mil diminutas y ondulantes partículas de galaxias que parpadeaban sin cesar, imitando los guiños eternos de las estrellas.

Fue tan solo un instante fugaz, un suspiro del espíritu, un tierno acorde de una dulce canción y entre un tic tac y otro del impávido reloj, terminaron sus arabescos etéreos acurrucándose contra mi pecho, que se encendió de vida otra mañana más...

El relicario...


Hubo un día que en un olvidado altillo de la casa encontré un espejo antiguo y extraño. Está incrustado en un marco que parece intangible, casi transparente y su cristal parece ajado por el tiempo y por los pasajeros que lo poblaron y el ambiente en su interior está nublado de sombras. Es extraño porque cuando lo miro de frente refleja mi espalda y en él mi mano izquierda es también la suya.

Creo percibir que funciona como una suerte de relicario que guarda entre sus penumbras y para la eternidad lo que soy, lo que he sido y lo que seré, para que yo misma me vuelva a encontrar alguna vez. Pero más aún para que él me pueda mostrar cada noche la cara oculta de mi propia luna...

Caracola...


Tengo una caracola que no guarda el sonido del mar.
En su intrincado interior se esconde mi pequeña voz infantil. Aquella que reía por todo y que lloraba por nada. La que cantaba en silencio y hablaba con melodías…

Palabras...


La gente tiene la fantasía de que las palabras duermen dentro de los libros a la espera de que nosotros decidamos prestarles atención. Que están pendientes de nuestra voluntad para poder ver la luz durante los minutos que tardamos en leer una página y pasar a la siguiente. Que las palabras sólo despiertan durante esos breves minutos y luego vuelven a dormir durante días o años…

Lo cierto es que las palabras fluyen libremente por el espacio, por los bosques y los mares, por los pueblos y por la casa toda y sólo se posan sobre el papel cuando abrimos el libro. Se acomodan de tal manera que podamos leer lo que decidimos leer…
Y cuando damos vuelta la página, hasta allí van ellas rápidamente para continuar con la historia…

Si fuéramos lo suficientemente rápidos como para abrir el libro en cualquier parte antes de que las palabras tuvieran tiempo de llegar a la página elegida, encontraríamos que no hay nada. Que la página está totalmente en blanco y entonces sí, de pronto veríamos cómo mágicamente se puebla de sentidos, de ideas, de ilusiones y de historias.
De palabras……

Como pompas de jabón...


Las fantasías, los sueños, las ilusiones son como pompas de jabón. 
Las lanzamos constantemente al aire para que vuelen lo más alto y lejos posible. 
Cambian de colores y juguetean con el viento. 
Algunas llegan más lejos que la mayoría. 
O más alto…
Todas terminan esfumándose, estallando en mil gotitas. 
Pulverizándose. 

Pero siempre hacemos surgir más y más pompas que las reemplazan... 
Y tienen otros colores 
o toman otras direcciones.
Por eso...
lo vital y lo único realmente importante es no dejar de producir nuevas pompas de fantasía,
globitos de sueños, 
bolsitas de ilusiones…

Y el reloj...


Miro hacia atrás con disimulo para no asustar a la niña que fui y dejarla elegir lo que sé que siempre elegí. Lo que siempre tuve claro...
Siempre supe qué puerta debía cruzar sin importar lo que encontrara detrás...

Y el reloj…
¿Qué es un reloj?

Mon corset...


Ya sé que es incómodo, opresivo y a veces casi una tortura, pero me hubiera encantado vivir en la época en que se usaban los corsets y esos vestidos amplios, llenos de volados y romanticismo…

¿Fantasías de la infancia? No solamente. 
Son las mil y una fantasías románticas que poblaron y seguirán habitando mi cabeza por siempre. 
No lo puedo evitar. No lo quiero evitar...

Y por qué no pensar que pude ser alguna vez una mujer de aquellos tiempos.
Es más, estoy segura de que lo fuí. Así como estoy tan segura de que hoy mismo lo soy...

Ni pájaro ni avión...


Este gif animado me hizo recordar sueños que solía tener cuando era chica. 
Sé que muchas personas han tenido estos mismos sueños alguna vez en su vida, por lo que no pretendo ser original, pero sí me quedaron muy grabados. 
Ocurrían en cualquier lugar y circunstancia. No tenía un "escenario" determinado ni me acompañaban siempre más o menos las mismas personas. O no siempre estaba acompañada...
Y una particularidad (creo) es que cuando volaba, siempre lo hacía como si estuviera nadando “estilo pecho”… jajajaja

Debe haber alguna razón por la que aparecen recurrentemente estos sueños en algún momento de la vida, pero sinceramente no tengo idea cual será. Lo más natural creo que es pensar en que está referido a la libertad. A la expansión del alma, por así decirlo. Si hay algún psicólogo en la sala, se agradecería algún datito... :)

Me encantaban esos sueños y nunca más los tuve...

La vida en los rincones...


A veces me quedo contemplando los rincones de la casa. Tal vez alguno de ellos más que otros y no por nada en particular. Pero por más que mire con todo cuidado, no veo nada extraño pues soy yo la que los habito desde hace años sin saberlo, la que me detengo en recuerdos de momentos interminables y hasta podría decir que desgarradores.

No hay en mí ningún rastro de rencor latente. No hay reproches. Sólo queda aquella sensación amarga de la espera casi eterna para salir y jugar y soñar de nuevo. Para ser libre otra vez y volar por mis adentros todos los cielos que fui inventando cada mañana y cada tarde de esos tiempos mágicos de la niñez.

Y tanto he volado en la vida que por algún giro extraño, por haber tomado algún recodo inesperado, siento que finalmente soy yo, por mi propia voluntad, la que desea habitar una vez más cada uno de esos rincones.

Para vivir esa parte de mi vida que permanece dormida allí y que late escondida...