Mostrando entradas con la etiqueta Historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias. Mostrar todas las entradas

La extranjera...


Aquel día en que las lejanías se arremolinaron alrededor de las memorias y las desmemorias de sus pasados, la alegría estereotipada del sol se había escondido tras las micrométricas gotas de una fina garúa, tupida y melancólica. Fue ese día que ella se sintió impulsada a caminar desierta y ajena por las callejuelas empedradas y llorosas del corazón.

El silencio caía pesado y hueco como la llovizna, esquivando el repiqueteo de sus tacones sobre las duras piedras de blandas redondeces.

Se perdió en la atmósfera húmeda de los pasadizos del dolor adherido al cuerpo. Se dejó llevar por el eco de sus propios pasos que rebotaban como si estuvieran encerrados en la caja del cráneo y que se multiplicaban replicados por las altas paredes de sus miedos.
Quiso escapar, ser extranjera de sí misma como un espíritu descarnado y perderse alguna vez, para encontrarse siempre.



Breve historia mágica...


Imagino que la magia es una convicción íntima de lo irreal, una percepción inmanejable de lo inmaterial, una ilusión que se expande sin control en las fronteras mismas de la conciencia y de los sueños. Sin dudas que hubo magia una tarde de aquel verano en la sencilla y algo retraída ciudad de Uberaba, una especie de pueblo grande que sobrevive en la nostalgia de pasados más luminosos y esperanzados que el paso del tiempo deshilachó pacientemente. Un proyecto urbano que bien pudo haber sido garabateado sobre un papel ajado que el frustrado artista terminó arrojando entre los verdes morros del Brasil profundo. Ahora, a la distancia, creo que ahora podría decir que ese rincón mineiro detenido en el tiempo fue mi personal, fantástico y casi real Macondo.

Apenas comenzaba a desperezarse el domingo. El barrio parecía aún adormecido cuando la mañana ya empezaba a hacerse tarde y yo crucé la "varanda" de humilde cemento alisado matizado por febriles y serpenteantes rajaduras finas y breves, mientras que saboreaba en el aire el aroma de los mangos ya maduros que pendían de un árbol cuyas ramas invadían parte del jardín desde la pared vecina. Escalones abajo, lagartijas de todos los colores y tamaños corrían y se entrecruzaban tambaleantes y presurosas de una medianera a la otra, de jardín en jardín. Posiblemente sin saber hacia dónde ir o lo que querían a hacer, tal como yo misma...

El sol caía a pleno y "pesaba" sobre el cuerpo cuando salí a la calle desolada y silenciosa. Caminé lenta y libremente. Sólo contemplaba los pequeños detalles, aquello que en mis apuros cotidianos no había mirado nunca. El descubrirlos me permitó vislumbrar mundos desconocidos, diminutos o simplemente ignorados en la arrogancia de mis prioridades. Intentaba no juzgar ni comparar, sólo contemplar. No quería saber nada de lo que siempre imaginé importante ni pretendía comprender el para qué de las presencias o el por qué de las ausencias.
La calle era un suave tobogán que ayudaba a caminar livianamente. Caminaba descansadamente y en el fácil descenso me sentía acompañada por el parloteo alegre de bandadas de cotorras que entraban y salían en alborotado aleteo de la reserva de selva original hacia donde me dirigía y de la que me separaban unos ochocientos metros apretujados en sólo tres cuadras exageradamente largas y ondulantes. En la subida final del morro y a mi izquierda, un alambrado separaba la casi precaria vereda de la vegetación exhuberante de la reserva natural, testimonio de un profundo sentimiento de culpa de la ciudad por el tajo brutal que le había abierto a la naturaleza. A la sombra de los altísimos y frondosos árboles ubicados en el límite mismo con el espacio urbano, el aire era fresco y estimulante y estaba saturado de múltiples perfumes que se entremezclaban y que parecían irreales e inabarcables.

En ese rectángulo de una docena de hectáreas el universo mismo había desaparecido, oculto por un cielo de compacto follaje que parecía hablarme dulcemente con un murmullo lejano y apenas perceptible, casi como un coro de diminutas voces milenarias. El arco iris arbóreo de infinitos matices de verde y el aire terso y aromado que me envolvía, alimentaban aquellos pensamientos fugaces que viajaban sin rumbo entre los deseos que un día guardé en las profundidades de la memoria para luego quedar estancados en el pasado y aquellos difusos recuerdos del futuro que mi intuición esbozaba con fino pincel en forma de lugares y de rostros que en algún amanecer impreciso me estarían aguardando. Todo ese compacto cúmulo de sensaciones tejía una suerte de piel tersa que me encerraba con ternura en una burbuja sin tiempo y sin fronteras.

Mientras tanto el sendero por el que avanzaba con descuido se iba angostando imperceptiblemente al ritmo lento de mis pasos y se internaba en la espesura cada vez más voluptuosa y densa. La luz esparcía su agonía con resignación,  vencida poco a poco por una sombra fresca e impermeable. Tan cerrado era el follaje que el verde tendía implacablemente hacia una negrura inquietante pero placentera que permitía que las pequeñas flores silvestres que salpicaban los bordes del camino parecieran diminutas lucecitas de colores y que las orquídeas enamoradas de las rústicas cortezas de los árboles simularan fantásticos pájaros dormidos.

En un extraño remolino del tiempo (o de los tiempos) sentí que de alguna manera me transportaba a otras dimensiones de mí misma, de la naturaleza humana y universal. Nunca supe si fue un ascenso vertical hacia las altas profundidades de tanto verde anochecido o si aquella planicie rugosa y vibrantemente viva que me cubría caía sobre mí para aferrarme con sus mil tentáculos de amor sombrío y savia urgente. Tampoco pude dilucidar jamás si estaba con los ojos abiertos o cerrados; si estaba despierta o si yacía dormida; si fue un sueño lúcido o un mágico viaje de un subconciente sediento de nuevas libertades y de horizontes primigenios.
Creo que allí arriba, en la descomunal altura de aquella selva aprisionada entre los fríos alambrados, apareció de improviso alguna hendija que conectó mi pequeñez con aquella dimensión del tiempo que ningún reloj tenía registrado, con un espacio que hasta entonces no se había desplegado o con la nada misma que comunica con el todo. 
Y en ese preciso instante los pájaros callaron, los árboles aquietaron sus brazos madereros y eternos, el sendero borró mis pasos, la hierba sombría y húmeda se olvidó de crecer, las orquídeas disimularon su ostentosa belleza y un silencio espeso abrió su vientre desde las alturas incomprensibles para dejar escapar un pequeñísimo suspiro luminoso, más blanco que el blanco mismo. Era un punto en la negrura que caía zigzagueante, que titilaba y vibraba produciendo una embriaguez que hipnotizaba el corazón. Caía flotando y flotaba cayendo y en su descenso de insinuante sensualidad se dirigía directo a mí como palabra divina, como un angel mundano, como la genuina luz del corazón.
No puedo imaginar cuánto tiempo llevó el descenso de aquella pequeña estrella de apariencia titubeante pero que cargaba con la certeza de su esencia cósmica y única. No intresa el tiempo, como jamás interesó. Bien pudieron ser dos minutos, dos días o dos vidas. Y además ¿cómo podría saberlo yo si no tenía claro si era mi conciencia que evaluaba y consideraba, mi inconciente que recordaba y revivía o si simplemente era el alma que gozaba y se ensanchaba?

Y allá en el fondo estaba yo, tendida boca arriba sobre el ancho tronco vencido, mientras que aquel pedacito de universo se acercaba a mí en descenso arremolinado a veces, tembloroso por momentos e irremediablemente blanco siempre. Parecía un mínimo papel que alguna mano hubiera lanzado al viento, o como si hubiese sido arrojado dentro de una botella que bailoteaba sin control a merced de los caprichos indescifrables del mar.
Al fin una suave ola de brisa tibia la acercó hasta mí y para mi deleite se quedó suspendida un instante mínimo en el aire; tal vez para satisfacer su curiosidad o quizá  para asegurarse de que yo nunca la olvidara. 
Una maravilla de la naturaleza o un milagro inventado para mí. Creo que moriré sin saberlo...
Era una mariposa, pero una mariposa que nunca había visto y que jamás volveré a ver. No hay otra igual ni la habrá. Su forma y su apariencia no eran precisamente lo que yo hubiera podido identificar como natural. No por la perfección a la que la naturaleza me acostumbró, sino por su estricta pero graciosa y delicada forma geométrica. 
Era, pues, un rectángulo blanco, alargado y fino de inmaculada blancura y cuyo blanco perímetro estaba completamente poblado de tenues volados blancos, cual suntuoso y ondulante vestido blanco de bailaora gitana. Era blanca blanquísima, como el amor, como la esencia nívea, como la sal seca de una lágrima y, si en verdad existe Dios, ella habría sido tan blanca como el blanco aura de la clara divinidad. Sería entonces tan blanca como la Gracia de Dios.
Era una danza sensual, un ritual pagano, una premonición oculta. Aquella titilante blancura era un farolito de arrabal recostado contra el negro cielo de una noche cerrada, un cristal pequeño y frágil como la lágrima del desamor. Era en fin el espejo luminoso de las nieves eternas, luz espejada de la eternidad.

Unos segundos después, al ver que se alejaba flotando y danzando en el aire, imaginé que la suya sería una belleza dolorosa, obligada al deslumbre y sin permiso para el más mínimo desliz estético. Una belleza etérea e intangible, necesitada de desaparecer antes de que una mirada deshiciera su hechizo.

Se escondió enseguida en algún rincón frondoso de aquella metáfora de selva brasilera, desapareciendo de mi vista tan mágicamente como había aparecido. Fue entonces que la vida recobró de a poco su ritmo mecánico y altivo. Cantaron los pájaros sus mil variados acordes, otra vez la hierba pujó por borrar el indeseado sendero, las flores silvestres recuperaron la luminosidad de sus multicolores brillantinas y los pájaros dormidos que esconden las orquídeas volvieron a intentar el vuelo.

Y yo aún sigo allí, recostada sobre el viejo tronco tumbado; tumbada sobre mi alma tendida en la hierba, con el corazón más libre...


Breve historia de muerte y resurrección...


Esa tarde se sintió inmersa en un espeso magma de sensaciones confusas. No entendía las señales que solapadamente le enviaba el cuerpo y la multitud de mitologías que su mente creó y recreó hasta el cansancio. No conectaba con sus íntimos deseos, esos impulsos tantas veces exultantes y tantas otras acallados. Estaba confusa e inquieta. Desordenada, dividida, esparcida, atomizada...

Hubo una tarde tormentosa piel adentro que nunca nadie comprendió, que nunca nadie percibió ni sospechó ni preguntó...

Sin un gesto de más y unos cuántos de menos se hizo silencio en el silencio, se hizo distancia inabarcable. Guardó en su bolso cada dolor y cada sonrisa perdida, los resabios de un amor desconocido, un pañuelo perfumado y el diario íntimo que nunca se animó a empezar. Suspiró leve y volvió la mirada hacia lo que ya era pasado. No quería memorias, sólo quiso desprender de su mirada lo que no volvería a recordar. Quedó una última lágrima en la tierra agrietada y lentamente su sombra y ella se fueron juntas para no volver...

Raleigh...


Me gusta andar en bici.
En realidad, me gusta mucho andar en bici...
Por eso enseguida me sentí atraída por este gif animado que, sin mostrar la escena completa, me trajo un sinfin de recuerdos y de sensaciones placenteras. Pero mucho más aún cuando noté que en el cuadro de la bicicleta está la marca: Raleigh... Bicicleta inglesa.
Esta es más moderna, pero nunca voy a olvidar la Raleigh en la que aprendí a andar y en la que me dí un sinnúmero de golpes y con la que hasta casi pierdo los dos dientes delanteros (las paletas, que le dicen)

Haciendo cálculos, la bicicleta que menciono debe tener hoy (si aún existe) unos 89 años. Era la que le regalaron a mi abuela materna cuando cumplió sus 15 años. La heredó mi mamá y acompañó toda mi infancia y adolescencia hasta que un día, cuando estábamos por dejar Castelar, la llevaron a casa de un familiar y nunca más supe qué fue de ella.

Cuando empecé a andar con esta bicicleta tenía 8 años. Era pesadísima porque los caños del cuadro eran de hierro puro. Además era rodado 26. Demasiado grande para mí, por eso tenía que andar parada...

Como dije, tuve montones de caídas y golpes hasta que aprendí y hasta que la pude dominar. Pero los más importantes fueron dos: el primero fue contra un poste de la luz! No sé si pisé algo o qué pasó, pero lo cierto es que de pronto ví que enfilaba derechito al poste y no pude frenarla. Resultado: volé de la bicicleta y la rueda delantera, a pesar de lo dura que era, quedó hecha un 8 y mi mamá casi me mata...
Y el segundo golpe no fue tan fuerte, pero sí que casi tiene consecuencias más serias. Había parado en la puerta de una casa no sé para qué. Cuando quiero arrancar de nuevo, la rueda hizo tope con una saliente del zócalo. Al golpear y como iba parada, la cara fue contra el manubrio y pegué con los dientes en la parte donde está fijado al cuadro. Consecuencia: me astillé uno de los dientes delanteros y el otro no, pero de pura casualidad. El dentista tuvo que emparejármelo y suavizarlo con el torno. Un espanto!! Pero pudo ser peor si me lo tenían que sacar, claro... y aún hoy me estaría lamentando.

Pero mi amor por la bicicleta sigue incólume y siempre será así. Y por aquella en especial. Por su historia familiar y porque fue la que me permitió empezar a tener algo así como una primera sensación de libertad.

En fin. No sé si a alguien pudo interesarle esto, pero qué me importa!! jajajaja