Soñé sueños (otros sueños)



Soñé sueños más bellos
que este paso de ballet,
que esta calma y ésta sed.
Y así podría ser
si no hiriera tan adentro
la nostalgia por sentir,
por oler (y por soñar).

Me creería que es más tierna
la ilusión del infinito
si debajo de mis pies
el asfalto me absorbiera
o si el césped de una plaza
me abrazara, diminuto.

Es que acabo de soltar
mi suspiro más profundo
y ya extraño las palabras,
la caricia inesperada,
otro beso, algún color
y otros sueños por soñar.

Mariel

Joaquín Sabina: "19 dias y 500 noches"

Uno de los mejores temas de Joaquín, si es que fuera posible calificar alguno como el mejor. Todos son extraordinarios para mí...
 

Lo nuestro duróLo que duran dos peces de hielo
En un güisqui on the rocks,
En vez de fingir,
O, estrellarme una copa de celos,
Le dio por reír.
De pronto me vi,
Como un perro de nadie,
Ladrando, a las puertas del cielo.
Me dejó un neceser con agravios,
La miel en los labios
Y escarcha en el pelo.
Tenían razón
Mis amantes
En eso de que, antes,
El malo era yo,
Con una excepción:
Esta vez,
Yo quería quererla querer
Y ella no.
Así que se fue,
Me dejó el corazón
En los huesos
Y yo de rodillas.
Desde el taxi,
Y, haciendo un exceso,
Me tiró dos besos...
Uno por mejilla.
Y regresé
A la maldición
Del cajón sin su ropa,
A la perdición
De los bares de copas,
A las cenicientas
De saldo y esquina,
Y, por esas ventas
Del fino laina,
Pagando las cuentas
De gente sin alma
Que pierde la calma
Con la cocaína,
Volviéndome loco,
Derrochando
La bolsa y la vida
La fui, poco a poco,
Dando por perdida.
Y eso que yo,
Paro no agobiar con
Flores a maría,
Para no asediarla
Con mi antología
De sábanas frías
Y alcobas vacías,
Para no comprarla
Con bisutería,
Ni ser el fantoche
Que va, en romería,
Con la cofradía
Del santo reproche,
Tanto la quería,
Que, tardé, en aprender
A olvidarla, diecinueve días
Y quinientas noches.
Dijo hola y adiós,
Y, el portazo, sonó
Como un signo de interrogación,
Sospecho que, así,
Se vengaba, a través del olvido,
Cupido de mi.
No pido perdón,
¿para qué? si me va a perdonar
Porque ya no le importa...
Siempre tuvo la frente muy alta,
La lengua muy larga
Y la falda muy corta.
Me abandonó,
Como se abandonan
Los zapatos viejos,
Destrozó el cristal
De mis gafas de lejos,
Sacó del espejo
Su vivo retrato,

Y, fui, tan torero,
Por los callejones
Del juego y el vino,
Que, ayer, el portero,
Me echó del casino
De torrelodones.
Qué pena tan grande,
Negaría el santo sacramento,
En el mismo momento
Que ella me lo mande.
Y eso que yo,
Paro no agobiar con
Flores a maría,
Para no asediarla
Con mi antología
De sábanas frías
Y alcobas vacías,
Para no comprarla
Con bisutería,
Ni ser el fantoche
Que va, en romería,
Con la cofradía
Del santo reproche,

Tanto la quería,
Que, tardé, en aprender
A olvidarla, diecinueve días
Y quinientas noches.
Y regresé...etc.

Pas de deux...


Majestuosa danza de la que somos simples pasajeros. De la que no participamos más que intuitivamente. Testigos mínimos, asomados tras los visillos de la realidad.
Aprendimos que allí está toda esa maravilla y sin embargo no la palpamos porque ni nos acordamos que existe. Tan ensimismados en lo pequeño que tenemos delante de nuestros ojos irritados por las pantallas y los horrores reales e imaginarios. Tan ajenos a lo grande por concentrarnos en lo pequeño...
Y somos nosotros mismos quienes lo hacemos tan terrorífico a veces, siendo un enorme reservorio de maravillas…
O mejor, la maravilla misma!
Un sincronizado ballet cósmico. Una danza gigantezca y mágica, continua y envolvente. Con ella nos deslizamos a su ritmo y capricho y sin siquiera darnos por enterados...

Y de todo nos perdemos por sumergirnos en nuestros mundos de egoísmos, hedonista y egocéntrico, colmado de pequeñeces y mezquindades.

Perseguimos la ilusión de “ser alguien” y no de simplemente ser…

El artista que llevamos dentro...


Todo lo que nos rodea no es otra cosa que una creación nuestra. El universo mismo lo es, porque somos parte indisoluble de ese todo y porque todo está indisolublemente unido a nosotros. No sólo somos iguales los unos a los otros, en tanto humanos, sino que no nos diferenciamos en absolutamente nada de una piedra, de un ratón o de un ladrillo. Lo único que "eventualmente" puede distanciarnos apenas un poco de lo material, de "las cosas", es que tenemos algún grado más de conciencia (al menos momentáneamente). Pero al fin de cuentas, TODO es conciencia. Por lo tanto vuelvo al principio y digo que somos parte indisoluble del todo y todo está indisolublemente unido a nosotros.
Y cuando digo que hasta el universo entero no es otra cosa que una creación nuestra, quiero decir que existe porque le damos un sentido, porque llenamos todo de conciencia y sentimientos. La conciencia y los sentimientos son la materia prima básica y elemental del universo, es el código por medio del cual podemos comunicarnos entre nosotros y con cualquier otra cosa existente en cualquier rincón universal. Pero resulta que parece que hemos olvidado esto. Los pueblos más antiguos lo sabían y lo hemos olvidado. Nos dedicamos a llenar nuestras vidas con cosas y creemos que eso nos hará felices. Nos rodeamos de aparatos y de herramientas de todo tipo, de medicamentos y de comida basura. Nos vestimos a la moda o vemos masivamente alguna serie de televisión... y pensamos que eso es la vida.

Sin saberlo, todos somos artistas. Todos hacemos constantemente una obra de arte (buena, mala o regular), miles de obras de arte y ni siquiera lo sospechamos.
Somos nosotros quienes creamos la realidad que nos rodea. La realidad más próxima, como la más distante...
Nada es feo o bello por sí mismo ni lo es para todo el mundo. Eso significa que a cada cosa, a cada pequeña o gran cosa la cargamos de sentimientos y de sensaciones. Por ejemplo, vemos bella a la Torre Eiffel. No dudo que tiene su belleza intrínseca. Por su simetría, por su esbeltez, por su entramado, etc... Pero apenas vemos su imagen, aunque sea insinuada, inmediatamente nos invade un sentimiento determinado que nos dice que es más hermosa de lo que podría ser si no estuviera en París y si no se hubiera cargado su imagen con las sensaciones poéticas y las emociones que despertó en millones de otras personas a lo largo de su historia. Eso sólo ya la hace una obra de arte. Y es una obra de arte colectiva, donde cada uno de nosotros ha contribuido con su aporte. Y es una obra de arte que no termina nunca, porque segundo a segundo se van añadiendo nuevos sentimientos y sensaciones a su alrededor y la transforman y enriquecen. Y ocurre lo mismo con cualquier ínfima cosa de este mundo y de este universo empezando, desde luego, por nosotros mismos. Nuestros cuerpos, pero sobre todo nuestras conciencias, son el lienzo donde a cada instante estamos sumando una pincelada. Estamos haciendo nuestra propia obra de arte. Mejor o peor, pero lo que somos es nuestra propia obra. Y lo que vivimos y vemos y lo que nos pasa, es nuestra obra. Nuestros pensamientos y sentimientos construyen, inexorablemente, nuestra realidad. Y por extensión necesaria, la realidad de nuestro entorno, de nuestra familia, de nuestra ciudad, de nuestro país, de nuestro planeta y finalmente, del universo mismo.

Aún ninguno de nosotros es capaz de imaginar siquiera el poder que tenemos en nuestras manos, a nuestro alcance. Y no sé si alguna vez seremos capaces de comprenderlo o imaginarlo.

Sólo debemos tener en cuenta que lo que pensamos (bien o mal), somos. Lo que sentimos (bueno o malo), nos es devuelto. Lo que deseamos (bueno o malo), nos es dado... Por eso es vital que cuidemos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros deseos. Los debemos depurar y sanar si de verdad nos queremos, si realmente amamos a quienes nos rodean y si con total sinceridad y humildad estamos convencidos de que si nos lo proponemos, la verdadera paz y armonía humana son posibles.

Miradas...


En mi mirada está la luz y están las sombras; los brillos del amor; las penumbras del olvido...
En el esquivo reflejo del cristal tus ojos me miran a través de los míos.
Tu mirada se apodera de la mía y sin tocarme, me posees...


Mi lugar en el mundo...


Hay un lugar en este mundo que me contiene, que a veces me acaricia y me da refugio y otras me produce zozobra y acrecienta miedos e inseguridades.
Un espacio virtual e intangible que siento a tiempo completo. Como si tuviera volumen, peso e incluso color, olor y sabor.
Por momentos es demasiado estrecho. Un calabozo cuyas paredes se desplazan reduciendo el aire y la luz. Otras es tan inmenso que no encuentro la manera de llenarlo, de habitarlo. Sin embargo, es el lugar al que siempre vuelvo porque es el que más conozco, a pesar de que ignoro casi todo de él. Y vuelvo aunque jamás me haya ido y aún cuando muchas veces deseé abandonarlo para siempre.

Es ese espacio tan íntimo y personal como insinúa la hermosa pintura de Katie Swaland. Ese recinto colmado de arrogancias y de gestos humildes; de belleza y fealdad; de ángeles y demonios; de nuevos desafíos y de viejas resignaciones; de verdades y  mentiras; de sueños y pesadillas; de amores y desamores.

Un rincón del universo tan remoto y tan cercano. El único sitio donde puedo pisar con cierta seguridad aunque a veces sienta que estoy parada sobre las resbaladizas y absorbentes viscosidades de una ciénaga.

Soy yo misma. Mi interioridad, mi intimidad. Mi parte secreta y cómplice.
Mi alma. Tan fuerte y tan débil, tan grande y tan pequeña...



Fantasías (o los mundos paralelos)


Ver que mi cuerpo
se despoja tranquilo
de sus huesos de caucho,
de la piel y del espino.
Reconocerlo sincero,
purificado a lo lejos,
desplegado a lo alto.

Ver que rueda sin penas
por senderos estrechos,
por la playa vacía
(vírgen y yerta
por el miedo a sus miedos).
Danzar con la gracia
de un junco en el agua,
con certeza en el alma
de que dentro del pecho,
copulan las ansias
y las tímidas flamas.

Restregarme los ojos
y que brote una gota.
Una lágrima nueva
que me calme la sed,
que me llene la boca,
que me llueva por dentro.

Y así, ya más pura,
más leve y sincera,
ingenua y real,
dar vuelta la cara
y mirar desde lejos
el cuerpo que dejo
y ya nunca volver.

En el punto del alma
donde no moran miedos
ni dudas ni angustias,
girar en redondo
y mi orgullo erguido
entregarlo a otros brazos.

Mariel