El alma duele en el cuerpo...


Si existiera el tiempo el futuro sería un punto incrustado en un rincón del círculo oscuro de la nada, y si entonces existiera mi futuro sería ese punto, vacío y anodino, en el centro del silencio quejumbroso, en el fondo de un volcán dormido, en el suspiro de un cadáver recién nacido.

El alma duele en el cuerpo y el corazón se cierra en un puño, aterrado, rígido como el miedo al miedo, como aquel punto en el centro de la nada. Se eterniza el martirio del dolor de cada día y de toda hora. Se aposentan el insomnio repetido y las noches vencidas.

Pero qué es un punto sino algo informe con fronteras inciertas o tal vez un mínimo horizonte encerrado en sus silencios. Yo necesito cielos abusivos, de infinitos que precisan de miradas inacabables para huir de este cerco de cemento y de furia, de las noches que oprimen, de los corazones dormidos, de las almas ausentes que queman como lágrimas. Escapar incluso de mí misma pues mis sueños y mis pasos ya no tienen meridianos que alcanzar y a mis ojos los abruman los ayeres...

Y entonces camino por el desfiladero de la desesperanza con la ilusión del pragmático de un lado y la fe de los ateos del otro.


Vibrato...


"Nada está inmóvil. Todo se mueve, todo vibra"

Hermes Trimegisto

Ni tu voz se ha silenciado,
ni quedó a oscuras tu mirada
y hasta tus pasos tan dolidos
se han negado a descansar.

Yo aún te sigo viendo
en el aura de las noches,
en la breve curva de mi letra,
en la triste garúa del otoño. 

Te veo siempre a través de la miríada de espejos ilusorios que cubren el universo y que replican tu imagen hasta en la sal de mis lágrimas sin nacer. Así recuerdo tus sonrisas y tus gestos y reconozco los torbellinos de amores perpetrados, de deseos descarnados y de pasiones ansiadas que girarán por siempre a tu alrededor...

Sé que hoy sigues conmigo
o tal vez quedó adherido
en la piel de mi memoria
algún beso que he perdido
o ese abrazo postergado.



De regreso...


La verdad puede eclipsarse, pero no extinguirse.
Tito Livio (64 aC - 17 dC) Historiador romano.

La verdad existe. Sólo se inventa la mentira. 
Georges Braque (1882 - 1963) Pintor francés.


Llevo adentro, en el centro cristalino de mi alma, la verdad madre. La piedra angular de mi ser que escrupulosamente oculto hasta de mí misma. Tanto quise protegerla de mis propios pensamientos que olvidé el camino de regreso y la llave que abre su candado.

Con su paz inmanente me espera con paciencia, segura del triunfo...

Poco a poco me iré arrancando las máscaras corroídas por las verdades falsas, las mentiras concretas y las dudas certeras. Uno por uno romperé los cínicos espejos que me confunden y me hunden en las ambiguas percepciones de las noches de lunas ausentes.

Siento los pasos cansados y bajo mis pies crujen, como hojas vencidas en otoño, los miedos anquilosados y las pequeñas penurias cotidianas y aunque aún no encuentro el camino, todavía sigo andando...

Un punto...


Es así que todo empezó, como en el vacío de esta hoja en blanco donde mi lápiz sólo se atrevió a ensayar un punto. Es desde un punto en el vacío pavoroso que estalló la vida y se expandió sin tiempo en una suave y curvada línea que al fin retorna, como fiel amante, al tierno descanso del punto final. Y allí se duerme para reparar en un sueño melodioso y azul, las almas maltrechas y las palabras ajadas.

Un punto eterno que estalla incontenible (o que se apaga quedamente en la plenitud del vacío) es todo lo que hay y todo lo que habrá. Lo eterno de la vida y de la muerte, el caos latente de lo que está por ser y no ser.

Es así que todo empezó y todo empezará en un punto.
Un punto perfecto, sin bordes y sin centro. Un círculo casi nulo, continente de la nada y también del todo.
Un punto invisible, inasible e inaccesible, tan pequeño como un infinito y tan inmenso como una lágrima no llorada.

Convergencia de toda la luz y de toda la sombra; de todas las palabras y de todos los silencios.

El nudo eterno; la síntesis esencial; la conciencia unificada...


Presencia...


Una foto tuya sobre mi mesa,
un instante que sobrevive
más allá de todos los recuerdos
y más acá de todos los olvidos.

Después de la lágrima más triste.

Una mirada tan intensa y dulce
sobrevolando besos y amores
que atraviesa los tenues horizontes
de las almas y de los tiempos.

Y tu voz que susurra,
que abarca,
que besa,
que es...


La mano que aprieta...


Esta que me domina es una opresión indefinible; una tristeza inabarcable pero que todo lo abarca; que no está en ningún lugar y está en todas partes; que no se puede identificar ni valorar, sopesar, mensurar o palpar. Es un peso inasible, una mano agarrotada que aprieta implacable y que obliga a mi cuerpo a exhalar hasta la última gota de aire y de esperanza.
Es la nostalgia perpetua del paraíso perdido, de la utopía aniquilada, del amor universal como quimera patentizada. Es el dolor del alma desgajada por la macabra muerte.
Es la revelación de la felicidad como un mito patético basado en la cruel mentira de la esperanza prefabricada con conceptos vacíos e hipocresías de salón. Tan absoluto es esto que termina siendo en definitiva la demostración de que la tristeza también es una vil mentira. Felicidad y tristeza no son más que la manifestación de la dualidad del alma humana y del universo mismo. El bien y el mal, la luz y la sombra, hombre y mujer, vida y muerte. Una se complementa con la otra, se anulan o mutuamente se potencian haciendo girar la rueda de la vida a su capricho.

Y yo a su merced...


La extranjera...


Aquel día en que las lejanías se arremolinaron alrededor de las memorias y las desmemorias de sus pasados, la alegría estereotipada del sol se había escondido tras las micrométricas gotas de una fina garúa, tupida y melancólica. Fue ese día que ella se sintió impulsada a caminar desierta y ajena por las callejuelas empedradas y llorosas del corazón.

El silencio caía pesado y hueco como la llovizna, esquivando el repiqueteo de sus tacones sobre las duras piedras de blandas redondeces.

Se perdió en la atmósfera húmeda de los pasadizos del dolor adherido al cuerpo. Se dejó llevar por el eco de sus propios pasos que rebotaban como si estuvieran encerrados en la caja del cráneo y que se multiplicaban replicados por las altas paredes de sus miedos.
Quiso escapar, ser extranjera de sí misma como un espíritu descarnado y perderse alguna vez, para encontrarse siempre.