Ojalá (Silvio Rodríguez)


Ojalá

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Ojalá se te acabé la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

Silvio Rodríguez

Trashumante...


Soy un claro de luz que ha quedado en el olvido y la huella temblorosa que mis pies abandonaron, erráticos caminantes de ilusiones y de palabras.

Soy la noche que de a poco se desprende de los sueños ya gastados y se apropia con esmero de los sueños no soñados.
Soy el agua dormida de los charcos que añora la sutil opulencia de la nube o el opaco silencio de la bruma.
Soy la cara misteriosa de la luna. La que calla y le sonríe a la oscura frontera de la nada.

Soy, en fin, un alma trashumante que habrá de escaparse alguna noche para volver más sabia una mañana...



Para volar...


Buscó mil formas de volar para llegar a alturas que nadie hubiera alcanzado jamás…

Y pensó mil y una maneras. Y miles más…

Finalmente, un día descubrió que para alcanzar los infinitos sólo hacía falta cerrar los ojos e imaginar…


Sombra de mí...


Vive adherida a mí. Es un ser opaco, sinuoso, amoral. No conoce el bien ni conoce el mal.
Anda por la vida prendida a mis pies, me imita y se burla de mí. Sabe bien que puedo hacer lo que sea o lo que quiera, pero jamás seré capaz de desprenderme de ella. Me limita y siempre se las compone para hacerme quedar en evidencia.
Sin embargo sé que a ella le disgusta la certeza de que depende y dependerá de mí por siempre. Únicamente yo le puedo dar vida...

Es mi compañera permanente, adaptable e indiscreta y lleva una carga muy pesada, que es saber que no podría existir si no hubiera en mí una mínima luz...


Señales...


Busco una señal que me indique tu presencia, que me libre de esta pena, que me diga qué hago aquí...

Escucho el viento y miro al cielo; sigo el viaje de las aves y nada cambia.
Es la rutina de un universo indiferente, insensible a los deseos y a las penas recurrentes, al dolor de lo que fue, a la nostalgia extraña de lo que no ha se ser...

Se deshoja el calendario y las lágrimas corren lentas, las sombras se hacen largas y la ausencia me rodea de barrotes esta vida...



Salgo a caminar...


Puesta a imaginar, creo.
Creo en cielos absolutos,
más negros que lo negro
y un trigal a pura estrella
donde no falte ninguna.

Puesta a saber, deseo
que lo irreal sea tangible
al romper este corset,
con la vista que se eleve
más allá de cualquier muro
y de todos los temores.

Puesta a desear, sé.
Sé que todo habrá de ser
si yo creo que es posible.
Que no existe un sólo tiempo,
un espacio tabicado
ni una única verdad.

Puesta a creer, imagino
una cita impostergable
en un valle,
en la esquina de la noche
o en auroras inventadas.

Y en el beso postergado
seré una y multitud.
Serás yo y seré vos.


Noches de soledades...


Era la noche el críptico refugio
de indiscreciones sin destino,
de los pasos extraviados
en las calles boquiabiertas.

Estaba la noche acongojada
por tanto amor en cautiverio,
amor sin descendencia.
Suicidado.

Ella cruzó de nuevo la ciudad
con el difuso e incierto rumbo
de una lágrima en la mejilla:
hacia el sur de todos los olvidos,
hacia el norte de los recuerdos malheridos
por dos eclipses y siete penas.

Quizás nunca pudo saber
que él siempre la buscó.
Tantos días, cada noche
entre sábanas y almohadas,
en las quietas sombras del silencio
y en la viscosa agonía del insomnio.

Y una noche llegó aquel sueño
(sólo uno y ninguno más)
en que al fin se cobijaron
en el vértice de una esquina
que se habían inventado.

Se miraron a los ojos
para amarse sin pudores
hasta que ese grito cruel
de sus rígidos relojes
destrozaron los cristales.