Portales...


Portales. El mundo está inundado de portales. El universo. Los universos, todos, son un inconmensurable reservorio de portales.
La mente misma, por supuesto, tiene infinidad de ellos que al abrirlos nos conducen a encrucijadas que conectan la cordura con la locura, la genialidad con la estupidez, las afinidades con el rechazo, el deseo de vivir con el de la autodestrucción y así indefinidamente.

La vida tiene sus portales, así como la muerte.

Portales, puertas, pasajes, pasadizos, cuevas frías y oscuras, sótanos con olor a humedad, altillos que el tiempo olvidó o celdas de la colmena de la mente que esperan ser habitadas, ¿qué importa cómo denominar los infinitos recovecos de lo que existe y de lo que existirá, de lo que es y de lo que ya no es, de lo que nunca jamás podré entender?

Quisiera conocer en mi vida cada rincón posible, cada flor, cada espina y cicatriz y así, cuando sea el momento, dejar la mochila atrás y andar liviana de carga pero no de experiencias; sin pesares ni remordimientos.

Me transformo todos los días. De mis ruinas nocturnas me reconstruyo en la mañana. Dolorida, tambaleante, desconcertada y con más dudas que el día anterior, pero es mi nuevo punto de partida. Mi comienzo de la vida. Cada vez más atardecida, más cansada y asustada, pero comienzo al fin.

Y en el principio de cada nueva vida me espera un portal desconocido al que no puedo resistir, que me niego a ignorar y que necesito atravesar aún sabiendo que jamás lo haré de nuevo porque aunque lo intente, una vez que esté del otro lado ya no habrá regreso posible.

Sin embargo parecerá que todo sigue igual, aunque yo misma ya no sea la misma. Cada mañana, cada noche, todos los días. Por siempre...


Tres gemas...


El último viaje no será el último y tampoco el único. Será una travesía sin fin, solitaria y silenciosa en una barca pequeña y sin timón. No lo necesita porque este mar es inagotable e inabarcable.
Un mar sin sol, sin luna, sin lluvia. Sin vida propia, pero viviente. Colmado de vidas ajenas que se asoman y se sumergen, que aparecen y desaparecen...

Pero ahora, hoy, voy por un camino que conozco y que a la vez me es extraño. No sé hacia dónde me lleva ni cómo llegué hasta aquí; tampoco de dónde vengo. Si alguna vez tuve un rumbo, hace tiempo lo perdí. Creo que camino en círculos, por los estrechos pasillos de mi propio laberinto.
Tantos pasos he dado que ya no los sé contar, pero en los sueños los tengo presentes y los recuerdo. Los lugares, las caras, las sonrisas y las lágrimas. Las idas, las ausencias y los reencuentros que tuvimos y los que no pudieron ser. Las despedidas esperanzadas, las esperas sin fin y el dolor de los olvidos forzados. Todos los pasados se hacen presente para luego volver a lo que fue, incluso también mis sueños.
Los mismos errores e idénticos aciertos, que no son producto de mi mejor o peor actuación, de mis virtudes o defectos sino de circunstancias y lugares, de pasados o de presentes circunstanciales.
Me reencuentro con personas que nunca conocí o que no recuerdo en absoluto y sin querer me distancio de quienes siglos atrás compartieron mi vida con afecto y con pasión. Estoy segura de que algún día los volveré a encontrar, cruzando fronteras y encrucijadas dibujadas en el aire, porque todo esto no se trata de otra cosa que de una danza sin fin, una música que no cesa y los cuerpos que vuelven a girar, una vez y otra, con la cadencia de la melodía.

Sin embargo no sé hacia dónde voy ni por qué razón. Tal vez esté buscando las tres gemas que le dan sentido al alma, tres gemas perdidas en los archivos olvidados de éste corazón.
Mientras tanto cantaré una canción que jamás habré escuchado, pero que de alguna manera reconoceré mía. Una melodía que jamás conocerán ni los dioses ni los demonios.

Y al final, mi lápida dirá: "Ya no está aquí. Se fue al reencuentro de sus tres gemas"


Tres rosas secas...


Siento que cada día es una preparación, que acondiciono pensamientos y miradas, descarto quimeras disfrazadas de ilusiones y me trazo metas mínimas, tan insignificantes que se me ocurre que son mentiras piadosas que me empeño en creer.
Guardo en la mochila un diario personal que aún permanece en blanco, con tres rosas secas entre sus páginas, alguna sonrisa recuperada por la memoria o por el azar y las voces que hoy no recuerdo, pero que reconoceré por la noche.

De la muerte sólo conozco su implacable constancia, el aire que desplaza su presencia y los resultados palpables de su obra.

A veces pienso cuan largo será el camino hacia su encuentro. O cuan breve.
Si será oscuro o luminoso; si tendrá dirección hacia algún nuevo horizonte o si será un viaje hacia el vacío de la pura nada.
No lo sé. Quizás nunca lo sepa, ni siquiera cuando lo transite.
De lo que estoy segura es que será un sendero solitario que desandaré con miedos e incertezas, con angustias o con el alivio de dejar atrás dolores y pesares.

Escucharé susurros acercándose tiernamente, alguna calidez que atempere el frío o una brisa fresca que dulcifique el ardor de las almas en llamas.
Tal vez todo sea parte de un mismo sueño, de un sueño que se sueña una y otra vez. Y otra más...

De ser un laberinto, desearía que fuera de azhares y de azaleas, de rosas y de margaritas. Flotar entre sus aromas y sentir la tierna caricia de sus pétalos frescos.

Entonces me miro al espejo y me pregunto si soy yo...
Y si llego a comprender que ese reflejo me pertenece, trato de discernir de qué lado estoy...


Hasta que mis palabras callen...


Amanecí vacía.
Tan llena
de la pura nada
y de mis abismos.

Pareciera que,
en mis adentros,
la nada se vuelve todo
y el todo, la nada.

Es como sentir
que entre los huesos
la vida y la muerte
son la misma cosa
y se pasean juntas.

Con la inocente inconsciencia de la hormiga, incapaz de percibir su fragilidad y pequeñez, transito por el delgado corredor que separa y que une la luz aparente y la oscuridad incomprobable, ese sendero ínfimo y peligroso como el filo de la espada que se forja a fuerza de fuego y de martillo.

Y así seguiré hasta que mis palabras callen y empiecen a borrarse del papel, hasta que finalmente esté cansada de estar cansada...



Cayendo...


Como hoja de otoño cayó la lágrima. Se fundió blanda y resignada en el espejo líquido de mi vida y así, sus formas distorsionadas mutaron en círculos que languidecieron en los límites inciertos del corazón, en la difusa rivera del alma.

Soy un laberinto dentro de otros laberintos, que se ensanchan y que se encogen rítmicamente, como si latieran, multiplicando las incertidumbres en el viscoso reflejo de la existencia.

Igual que una fría gota de deshielo cayó la última lágrima entre las grietas de esta tierra sedienta de dolores ajenos, mientras intenta disimular los propios.

Transito como autómata por la casa, por el barrio y por la vida. Nada parece tener un sentido o un propósito. Las cosas pequeñas me distraen, las más simples, las cotidianas. En el mientras tanto las horas pasan inadvertidas y rutinarias, casi procaces, hasta que algo que irrumpe desde un punto indefinido agita el aire y el silencio. Un algo que llega en secreto y me retumba por dentro. Es un despertar exaltado cargado de miedos y de dolores apretujados. Un pequeño agujero en la enmarañada cotidianeidad por donde me penetra sin piedad aquello que dejó de ser, pero que siempre regresa más cierto y más tangible que el concreto y el acero de esta ciudad y de este corazón.

Vértice...


No entiendo de qué va la vida cuando un puñal en el pecho me recuerda que los ausentes ya nunca volverán, que las palabras no dichas quedarán mudas en los recovecos de mi conciencia atormentada o que los abrazos que intento en el vacío de nada valen ahora, ni nunca valdrán.

De que irá la vida si los besos que podría ofrecer, todavía no los he dado y las palabras que necesitaría decir están ahogadas entre mis penas antiguas, mis incertezas eternas y mis silencios avergonzados.

Sólo sé que cuando las voces se van perdiendo y no se pueden recordar significa que he llegado a conocer uno de los vértices de la soledad.


Lo que los ojos no ven...


¿Cuánto horror hay más allá del horror?
¿Cuánto dolor detrás de lo percibido cada día, cada noche y en cada palabra?
¿Cuánta más vida y cuánta más muerte subyacen bajo de la superficie o al otro lado de mi breve mirada?
Las voces que me rodean se hacen inentendibles, guturales, como murmullos inhumanos. Son voces de seres sin rostro u ocultos tras las máscaras de sus propias alienaciones, penurias y miserias.
Donde hubo vida descubro ruinas y donde hay vida escucho lamentos fantasmales.
Hay una sombra. Más que una sombra, un ente sombrío que se cierne sobre la inocencia de las gentes, que las atrapa con sus manos gelatinosas, las pervierte y al fin las desecha.
Pareciera que nadie es capaz hacer nada. Tampoco yo, que me encierro en mi guarida de huesos, músculos y tendones doloridos intentando sentir el dolor verdadero.
Un dolor personal que me aleje por un instante del espanto colectivo.
Entretanto las luces de la ciudad parecen distraídas, ajenas, distantes. Parpadean más rápido que mi corazón y que mis pensamientos. Me encandilan, me entorpecen los sentidos, me engañan y me desgastan.
Otras sombras como yo pasan a mi lado y yo misma soy una otra sombra que pasa a través de ellos.
En alguna calle un maniquí roto y desmembrado se desangra con lágrimas de resina y de sal al pie de los edificios de hielo semi ocultos tras interminables cortinas de hule que danzan sus danzas macabras; indiferentes, ajenos, impíos. Distorsionan el verdadero rostro del engaño, de la mentira insidiosa, de la impiedad.
Es el horror más allá del horror.
El dolor de cada día, de cada noche y de cada palabra.
La muerte empujando a la vida hacia los subsuelos de cemento, hacia las espeluznantes catacumbas de la verdad.