Sutilezas...


No habrá luz que deshaga las sombras y no existe la sombra que oculte la luz. Tampoco vida que escape a la muerte, ni muerte que niegue la vida.
Todo es parte de lo mismo. Se trata tan sólo de encandilados y de ciegos, de cuerpos doloridos y de almas ausentes.

Si lloro la muerte es porque lloro la vida y si escapo a las sombras es porque temo a la luz.
No hay colores sin luz ni sutilezas sin sombras.
No hay vida sin nostalgia ni muerte sin esperanza.

Nada pido, nada exijo ni suplico. Sólo tengo la esperanza de encontrar el equilibrio que me salve de mí misma. La luz de un candil y las sombras que juegan sus juegos. Una vida sin más muertes y una muerte con más vida.


Reflejos...


Como un rayo ácido de luz y de detalles me llegaron recuerdos perdidos en el arcón del dolor y una tormenta de sensaciones se agitó mucho más adentro de mi piel. Culpas autoinfringidas, de esas que después de años interminables comprendí que no tenía sentido preservar. Simples excusas que me ayudaban a explicar lo inexplicable, a comprender lo incomprensible. Aquello que la vulgaridad define como "la vida".

Cuando veo mi reflejo en los cristales no me hablan de futuro, sino de pasados lastimados, fulgurantes y desangrados. De las lágrimas solitarias.

¿Cómo te contarán tus reflejos de hoy?
Es probable que no los busques ni los notes, que ni siquiera te interesen.
Si pudiera algún día encontrar el modo te pediría que al menos de soslayo mires cualquier vidriera y busques una mirada difusa, más allá de maniquíes y de lucecitas.
Allí atrás, en el rincón más sombrío, estarán mis ojos deseando ver los tuyos otra vez.
Sólo una vez...

Detrás del Minotauro...


El día que mi madre me parió, una luz lascerante me guió hasta la entrada indefinida de este laberinto por el que seguiré vagando a tientas hasta el último respiro, que será cuando aspire el acre aliento del final, el de mi propio Minotauro.

De pasillos casi siempre estrechos o amplios y agrestes como una plaza seca, mi laberinto parece adaptarse a mis pensamientos, a mis sentimientos, a mis estados de ánimo. O tal vez sea yo que voy armándolo según me perciba a cada instante. Cambian los colores, las texturas, la luz. Lo que no varía jamás es la incertidumbre de no saber si alguien allí afuera abrirá una esperanza para mí rompiendo una parte del muro o si finalmente confirmaré mi presentimiento de que no hay salida posible y que el final es uno y sólo uno: el Minotauro, al que no imagino como un cuerpo tangible, sino como un misterio. Quizás sea en realidad lo que hay detrás o después de él. Ese es el misterio y eso es lo que lo define.

Lo único que creo saber es que cada día, cada minuto que pasa estoy más cerca de encontrarlo, pero no sé cuánto tiempo demoraré ni al final de cual de los pasillos me estará esperando con su paciencia sin límites y su marmórea certeza...


Exiliada...


En el espacio mínimo que sobrevive entre letra y letra, entre aguaceros de palabras inconexas, perplejas y desilusionadas que se apretujan y se combinan a mi arbitrio, trato de alejarme de la mentira macabra, del odio en limusina y de la absurda insensatez que nada puede justificar ni nadie alcanza a explicar. Allí, entre esos intersticios, sobrevive mi libertad.
Es la pequeña gragea de aire que me alivia de tanto ahogo, para recuperar la soñolienta ternura de la siesta o el tiempo entre tibio y fresco de los otoños, con su nostálgica dulzura y sus ocres que graciosamente zigzaguean hasta descansar sobre el césped bañado de rocío.

Soy, al fin, una burbuja intentando escapar sin éxito de la oscuridad profunda de los mares propios y ajenos, buscando el sol que entibie mi piel y el viento hermano que me seque las mejillas con caricias de lejanías que desearía alcanzar y de historias antiguas y ajenas que quisiera vivir (alguna vez)

A tientas disemino letras en el aire como una ciega que avanza por los estrechos pasillos de un laberinto que parece conducir a todas partes, o a ninguna.
Me aíslo entre metáforas inútiles en tanto que inextricables. Invento y reinvento mundos y rincones, senderos y justificaciones para olvidar el mundo de los senderos sin rincones ni justificaciones.

Soy, al fin, una exiliada de una realidad que no existe. Un misterio para mí misma y, en todo caso, es ese misterio el que me define...


Parte del aire...


Tus versos son parte del aire. Huelen a jardín y aroman las conciencias dormidas.
Sonarán siempre tus rimas como el aleteo febril de un picaflor mensajero de voces y de besos, descorriendo los densos velos del alma, de un horizonte a otro de las emociones.
Son tus letras el sonido mismo de la ternura, elevándose en acordes metafóricos que mientras vibran, colorean la sinfonía eterna que sólo percibe el corazón...

Lo sé aunque nunca los leí, pero sí leí tu vida, sí escuché tu voz; saboreé tu risa, conocí tus lágrimas...


Luces y sombras...


No es la luz la que modela las formas sino que son las sombras, ni es la voz la que identifica a las personas, sino sus palabras, así como no son las palabras las que revelan las personalidades, sino los silencios.

No me espanta lo que ven mis ojos, sino lo que creo percibir desde atrás de ellos...

No es mi destino el que me define, sino mis pasos...


La prisión...


Los barrotes de mi prisión los forjé pacientemente con multitud de dudas resistentes como el acero que el tiempo se encargó de asegurarlos por fuera con candados de miedos oxidados.

Tras los muros de piedra y frío se borraron horizontes y sueños. Las noches dejaron de ser amparo o aquel espacio inabarcable donde expandir el alma y los días se limitaron a contar los minutos con la monotonía exasperante de un mantra desgastado.

Rasguño con desespero cada hendija buscando una línea de luz para mis sombras, un aliento de rosas nuevas, una gota de sal del mar de mis eternos o alguna sonrisa extraviada en la maraña de los olvidos. Buscando ser una vez más...