Ilusiones...


Es inútil querer controlar el tiempo. 
No tiene forma ni peso. 
Es invisible y sigiloso. Traicionero...

Es inútil e insensato querer controlar el tiempo. 
Lo mejor es controlar nuestra cabeza, pues sólo allí existe el verdadero tiempo. 
Los relojes sólo miden una ilusión, una irrealidad…
Una mentira...

Una gota y otra. Y otra más…


Una gota y otra. Y otra más…
El eterno fluir del agua que se transforma, transmuta y vuelve al origen. 
Que vive y da vida. 

Una gota y otra. Y otra más...
Como un beso, una risa y tres lágrimas...
Como el amor, pero siempre vivo.

Una gota y otra. Y otra más… 
Como segundos, como minutos, como siglos. 
Algo así como el tiempo, pero real..

Velos...


Te ví llegar...
Así, tan seguro.
Tan ausente de esos mismos miedos que a mí me envuelven...
Te ví  acercándote y no me animé a descorrer mis velos.

Miedo a que tus ojos no me reconocieran…

Soy...


No soy la verdad ni soy la mentira.
No soy el verbo ni la hierba ni la noche clara.
No soy idea, fantasía o ilusión.
No soy sonido y tampoco silencio.
No soy lo que soy ni lo que dicen que soy.
No soy este efímero presente ni esa foto del pasado.

Soy una onda que huye en mi laguna escondida.
Un astillado reflejo de mi espejo roto.

Un fragmento de ausencia...

Nocturnidades...


Como dice una de las tantas frases hechas, a estas horas "la ciudad duerme"... 
Claro, sé muy bien que no es así, pero la materia de las frases hechas es esa suerte de engaño que son las generalizaciones y la banalidad disfrazada de sabiduría, a veces inocente y muchas otras veces, no tanto...

En las noches quedan cosas ocultas entre las sombras y otras cosas que se pueden detectar con mucha más claridad que a pleno sol del día...
Para mí la noche siempre fue un lugar y un momento para expandir mi espíritu. En los momentos buenos y en los malos. Porque me da privacidad, la oportunidad de pensar y de sentir a mis anchas y porque para bien o para mal, puedo escucharme a mí misma. Me alejo de la alienación y de la hipocresía y aunque no me mueva de mi casa puedo sentir que la ciudad y el mundo me pertenecen... 
Y sobre todo, que mi espíritu es libre y me lleva adonde él quiera llevarme.
Me eleva, me transporta, me abandona y me vuelve a buscar. 
Juega conmigo con picardía y yo lo dejo hacer, porque las noches son su dominio y no puedo más que dejarme llevar por los interminables senderos de la luminosa oscuridad adormecida...

Con sus risas o con sus llantos, la noche me hace libre...

Luces...


Apenas me doy vuelta descubro que ya no estoy.
Ese espejo tuyo me ha olvidado y sólo me queda aquel que he traído desde el vientre de mi madre. El mismo que me llevaré al vientre de la tierra. 
Al vientre eternamente breve de la muerte…

Cuando vuelva a verte después de una noche o de todas las noches, no harán falta los espejos para comprender que somos un rayo serpenteante. Un vívido fulgor. Un huidizo destello. 

Una luz tan cegadora y tan fugaz como tu amor y como el mío...

De vidas pasajeras...


Somos como estrellas fugaces. Pasamos por las vidas de cien, de miles de gentes tan ajenas y tan cercanas. Y ellas aparecen y desaparecen de nosotros dejando su destello aún cuando no los detectemos o aunque supongamos que no nos interesan...

Son partículas de vida que se nos adhieren a la piel y a la conciencia. Puntitos de polvo suspendidos en el aire que sólo descubrimos cuando una lengua de sol se empieza a colar por la ventana...

Y vamos y venimos y volvemos a pasar sin entender que todo ha cambiado, que nada es igual y nada lo será alguna vez. Porque aunque nos separen mil paredes o incontables vidrios reales o imaginarios, de todos llevaremos alguna ínfima parte de sus conciencias, de sus historias sugeridas, de sus amores y sus pesares.

De sus vidas, simplemente...