Paralelas...


Siempre existe una vida paralela. O una calle, una puerta, un amor, una flor, un universo que corren juntos pero que no saben cómo tocarse. O no se animan.
Es la risa sarcástica de lo que imagino como realidad. Una hendedura que divide lo real de lo imaginario, lo verdadero de lo falso, lo supuesto de lo concreto.

La mía es una vida en miniatura; una meticulosa miniaturización de mí misma. Será tal vez una manera de protegerme, de formar mi propio escudo de seda y de acero.

O quizás se trate, simplemente, de los desabridos ocres de mi cobardía...


Un disparo...


Veinticinco años son demasiados para algunas cosas, y para éste tipo de trabajo sin dudas lo eran. Su alto profesionalismo lo había mantenido a salvo de sorpresas desagradables, pero sentía que los años le estaban palmeando el hombro, como advirtiéndole que ya era suficiente. El pulso no era el mismo de antes y le preocupaba. Un lujo que no se podía permitir.
Pero allí estaba y debía cumplir con lo pactado, como siempre y por útlima vez.

Comprobó que todo estuviera en órden con el arma. Ajustó la mira telescópica y esperó inmóvil a que transcurrieran los tres minutos que faltaban para que sonara el timbre en el colegio que tenía treinta metros más abajo y justo frente a él. El tercer recreo era el más prolongado y le permitiría encontrar el momento justo para el disparo. Uno sólo, como acostumbraba. Limpio y certero.

Un joven de 16 años. No era la primera vez.. Tres años antes, en la ciudad de Córdoba, fue una chica de 17. La hija de un político que no había cumplido con lo prometido a algunos oscuros hombres de negocios.

Con el arma en posición, terminaba de ajustar la mira mientras un fino hilo de transpiración bajaba bordeando el ojo derecho. Nunca le había pasado. Tal vez porque en definitiva era cierto que ya los años empezaban a sentirse, aunque algo le decía que no era por eso. Había algo que le molestaba de aquel joven al que estuvo estudiando durante los últimos cinco días. Pequeños detalles que le resultaban demasiado familiares, aunque indefectiblemente terminaba convenciéndose de lo absurdo de sus pensamientos. Tal vez lo único en común fuera que a la misma edad, su padre desapareció de su vida para siempre. O tal vez fue él quien desapareció de la vida de su padre. Nunca lo tuvo claro.

El recreo acababa de comenzar y el muchacho, un minuto después, se ubicaba en el rincón del patio donde habitualmente se reunía con cuatro o cinco compañeros. Sólo era cuestión de esperar el instante preciso, esa fracción de segundo en que todo fuera perfecto.
Esperó sin pestañear, mientras la gota de transpiración se balanceaba en el borde de la mandíbula.
La cruz de la mira telescópica estaba exactamente entre ceja y ceja cuando el chico dejó congelada una sonrisa y alzó la vista en un súbito gesto, tal vez de sorpresa. Las miradas se cruzaron a través del visor, mientras del silenciador se escapaba un susurro.

Un sólo disparo. Limpio y certero.
En la autopsia recuperaron el proyectil. Desde el principio sabían que había sido un trabajo sumamente profesional y que esa prueba no serviría de mucho para ubicar al asesino.

Al día siguiente, en una azotea ubicada a treinta metros de altura y justo frente al patio de la escuela, encontraron el cadáver de un hombre con un orificio de bala en la frente. A su lado, un fusil con mira telescópica y una sola cápsula servida.
En la autopsia determinaron que no existía orificio de salida, pero tampoco un proyectil.


Noche estrellada...


Cambiante y lejana
como las aguas profundas,
como gemido de viejos vientos
que escapan y se revuelven
en los secretos de lo eterno.
Como el denso misterio
de las almas solitarias.

Por sobre oscuros empedrados
sobrevuelan los espectros
de la incomprensión que hiere,
de los desamorados,
de los tristes y olvidados
y de las sombras hambrientas.

Cuando todo parece dormido
nada es lo que parece.
El dolor juega sus juegos
en cada esquina, en toda ochava
y en cada lágrima de rocío.

Se mezclan mil lamentos,
un ruego,
un desconsuelo
y un amor que nació muerto.

Noche de frío
que se expande
y que se escapa.

Pesadillas que abruman.
Olvido y soledad.

Un silencio que grita...


Filosofía barata y relojes de goma...

De pronto me pareció encontrar una cierta analogía entre la noción que tenemos del tiempo y los vientos. Imaginé que el tiempo se mueve más o menos como el aire, como los vientos que son masas de aire atraídas hacia las zonas donde la presión atmosférica está lo suficientemente baja como para necesitar llenar el espacio físico "vacío" con un volumen de aire suficiente como para restablecer el equilibrio.
De este modo, el aire se mueve en todas direcciones, inclusive al mismo tiempo (según sus alturas se mueven en diferentes direcciones) y dependiendo de lo que se necesite.
Se me ocurre que el tiempo podría obedecer o pareciera obedecer a una lógica similar.
El aire se mueve por razones físicas y cuando lo hace, produce efectos pequeños o grandes en la naturaleza, en las cosas y en nosotros. Esto es objetivo. En cambio el tiempo se rige por variables psicológicas y por lo tanto, personales y únicas. También produce efectos de distinto tipo en la naturaleza, en las cosas y en nosotros, pero no deja de ser una variable subjetiva (y por subjetiva, intangible). Pero también se mueve. Como sucede con el aire, el tiempo no es algo estático ni es lineal. Creemos que es lineal porque sólo somos capaces de imaginarlo por el movimiento de las agujas del reloj, un mecanismo ajeno al tiempo mismo (suponiéndolo un "objeto" real) pero gravitante en nuestro consciente y subconsciente.

El aire y el supuesto tiempo son muy antiguos y también son impalpables, invisibles, escurridizos e impredecibles. En distintas capas atmosféricas o en diferentes dimensiones de la conciencia, el aire y el tiempo se pueden mover al mismo tiempo hacia un lado o hacia otro. Incluso en innumerables direcciones a la vez.
En lo consciente, el tiempo nos parece moverse siempre "hacia adelante", pero en el subconsciente se mueve en cualquier dirección y aleatoriamente.

La comparación entre ambos fenómenos sólo tiene el propósito de ejemplificar para mí misma la idea sobre el tiempo con algo que sí es conocido, que sí es verificable empíricamente. Lo demás es simple especulación personal para intentar explicarme este fenómeno, que es mucho más inasible aún que el aire...

Pueden existir en éste o en otros universos infinidad de planetas con aire similar al nuestro, indispensable para que exista vida al menos como la conocemos. Sin embargo los movimientos de ese aire dependerán de la distribución de los continentes, del tamaño de los mares, etc. Pero los vientos ocurrirían, imagino, de manera más o menos igual que aquí.
Pero si allí existieran seres inteligentes, tendrían con seguridad otra escala para medir el tiempo, ya que no es una variable física.
Esos seres deberían ajustar sus mecanismos de medición dependiendo del tamaño del planeta (tardaría más tiempo o menos en rotar que la Tierra). Lo mismo para calcular la duración de cada año, ya que dependería de cuánto tiempo (perdón por la palabra) le demoraría dar la vuelta completa alrededor de su sol.

En definitiva tanto nosotros como esos posibles seres inteligentes de cualquier otro planeta, usamos la variable "tiempo" y lo medimos de acuerdo a los parámetros físicos de cada planeta. Es decir, el tiempo como tal no es único y mucho menos uniforme. Un metro será un metro en cualquier lugar del universo, en cambio un minuto no será igual a lo que nosotros conocemos en la Tierra.

Como dije antes, el tiempo es un fenómeno absolutamente subjetivo y por lo tanto, personal e irrepetible. Habita entre las infinitas capas del subconsciente humano, por eso su paso no sólo no es lineal moviéndose en una sola dirección sino que es absolutamente anárquico y hasta impredecible para cada persona, aunque el reloj y el calendario me quieran convencer de lo contrario...


Mi dragón de hielo...


Con cada voz apagada e irrecuperable quedé estancada aquí, danzando en la oscura viscosidad del silencio.
Parada en un lodazal espeso, la luz es una quimera y el cielo ha descendido tanto que simula un manto de pegajoso alquitrán que va absorbiendo mis pasos y me roba la energía.

Y aquí abajo acecha un dragón de hielo...

No tengo un tiempo para llorar porque ya estoy cansada del tiempo y sus falacias. No existen futuros para imaginar ni presentes que palpar y los pasados cada día se asemejan más a una ilusión, a un espejismo que crean mis deseos, que fabrica mi necesidad, que acentúan éste hastío y éste frío.

Me gusta pensar que mis ausentes me susurran con el viento, que me miran desde las sombras que casi no distingo, que me besan con aromas de jazmines nuevos, que me abrazan en la tibieza del atardecer.

Escapo de mí misma, o eso imagino, porque siempre que creo subir, estoy bajando y las veces que me parece salir, estoy entrando.
Y aquí, en las catacumbas del abandono, veo a los que nunca son vistos, a los que están ahogados de desesperanza, a los que un día habrá que la justicia abrace.

Mi alma es hoy un aquelarre de dolores desbordados, de gritos inaudibles y de penas en parte propias, en parte ajenas.
La sal de mis lágrimas egoístas terminarán en el mar de los llantos compartidos, el de las penas más antiguas, el de las injusticias sin sentido.

Estoy hoy en un lugar sin nombre, sumergida en las profundidades insondables de mí misma. Un laberinto sin paredes ni pasillos, sin entrada ni salida, tan extenso y yerto que resulta inabarcable para la comprensión humana.
Asomaré (asomaremos) la cabeza por sobre el horizonte sólo para ver otro horizonte más lejano donde habrá un nuevo laberinto sin entrada ni salida.

Habitamos y padecemos cada laberinto, uno por vez. Seres solitarios atascados en un infinito suceder de pasillos y de puertas cerradas a los que llegamos sin saberlo y sin pedirlo desde el vientre materno, al que nunca más podremos volver.

Lo único que sé ahora es que soy palabra...
y seré silencio.


Del revés...


Se me astillan los ojos de amargura
y se hielan mis palabras nunca dichas.
Es el mundo y sus dolores,
es la vida que machaca.
Es la orilla del desierto
que he cruzado alguna vez
y que temo repetir.

Los peldaños que he trepado
con esfuerzo y con esmero
me han traído, traicioneros,
a éste pozo de fantasmas.

Está oscuro y hace frío
y me aturde un silencio inhumano.
Abro puertas canceladas por muros
y ventanas que muestran los adentros.

Es un pueblo que se ha empeñado
en albergar las soledades,
atestado de palabras mudas
que deambulan como ánimas,
como muertos no nacidos.

Todo es muy extraño
y a la vez tan familiar.

Musas...


En este rincón intangible donde el todo y la nada se confunden, de tanto en tanto dejo palabras grabadas en el aire. Son miedos y son dudas; tristezas, dolores e impiedades.
No hay alegrías ni atisbo alguno de felicidad, porque si las hubiera jamás mi nimia huella estaría aquí y nadie nunca podría haber encontrado lo que es imposible que exista.
Si un día la felicidad fuera tan plena y prepotente en mí, todas estas palabras ardidas y grises morirían por siempre en el limbo del olvido. Pero si de algo estoy cierta es de lo quimérico de esta posibilidad, por eso mis palabras (aún las vacías o las gastadas) seguirán latiendo aquí, como aletargada garúa sobre los tejados...