Detrás del Minotauro...


El día que mi madre me parió, una luz lascerante me guió hasta la entrada indefinida de este laberinto por el que seguiré vagando a tientas hasta el último respiro, que será cuando aspire el acre aliento del final, el de mi propio Minotauro.

De pasillos casi siempre estrechos o amplios y agrestes como una plaza seca, mi laberinto parece adaptarse a mis pensamientos, a mis sentimientos, a mis estados de ánimo. O tal vez sea yo que voy armándolo según me perciba a cada instante. Cambian los colores, las texturas, la luz. Lo que no varía jamás es la incertidumbre de no saber si alguien allí afuera abrirá una esperanza para mí rompiendo una parte del muro o si finalmente confirmaré mi presentimiento de que no hay salida posible y que el final es uno y sólo uno: el Minotauro, al que no imagino como un cuerpo tangible, sino como un misterio. Quizás sea en realidad lo que hay detrás o después de él. Ese es el misterio y eso es lo que lo define.

Lo único que creo saber es que cada día, cada minuto que pasa estoy más cerca de encontrarlo, pero no sé cuánto tiempo demoraré ni al final de cual de los pasillos me estará esperando con su paciencia sin límites y su marmórea certeza...


Exiliada...


En el espacio mínimo que sobrevive entre letra y letra, entre aguaceros de palabras inconexas, perplejas y desilusionadas que se apretujan y se combinan a mi arbitrio, trato de alejarme de la mentira macabra, del odio en limusina y de la absurda insensatez que nada puede justificar ni nadie alcanza a explicar. Allí, entre esos intersticios, sobrevive mi libertad.
Es la pequeña gragea de aire que me alivia de tanto ahogo, para recuperar la soñolienta ternura de la siesta o el tiempo entre tibio y fresco de los otoños, con su nostálgica dulzura y sus ocres que graciosamente zigzaguean hasta descansar sobre el césped bañado de rocío.

Soy, al fin, una burbuja intentando escapar sin éxito de la oscuridad profunda de los mares propios y ajenos, buscando el sol que entibie mi piel y el viento hermano que me seque las mejillas con caricias de lejanías que desearía alcanzar y de historias antiguas y ajenas que quisiera vivir (alguna vez)

A tientas disemino letras en el aire como una ciega que avanza por los estrechos pasillos de un laberinto que parece conducir a todas partes, o a ninguna.
Me aíslo entre metáforas inútiles en tanto que inextricables. Invento y reinvento mundos y rincones, senderos y justificaciones para olvidar el mundo de los senderos sin rincones ni justificaciones.

Soy, al fin, una exiliada de una realidad que no existe. Un misterio para mí misma y, en todo caso, es ese misterio el que me define...


Parte del aire...


Tus versos son parte del aire. Huelen a jardín y aroman las conciencias dormidas.
Sonarán siempre tus rimas como el aleteo febril de un picaflor mensajero de voces y de besos, descorriendo los densos velos del alma, de un horizonte a otro de las emociones.
Son tus letras el sonido mismo de la ternura, elevándose en acordes metafóricos que mientras vibran, colorean la sinfonía eterna que sólo percibe el corazón...

Lo sé aunque nunca los leí, pero sí leí tu vida, sí escuché tu voz; saboreé tu risa, conocí tus lágrimas...


Luces y sombras...


No es la luz la que modela las formas sino que son las sombras, ni es la voz la que identifica a las personas, sino sus palabras, así como no son las palabras las que revelan las personalidades, sino los silencios.

No me espanta lo que ven mis ojos, sino lo que creo percibir desde atrás de ellos...

No es mi destino el que me define, sino mis pasos...


La prisión...


Los barrotes de mi prisión los forjé pacientemente con multitud de dudas resistentes como el acero que el tiempo se encargó de asegurarlos por fuera con candados de miedos oxidados.

Tras los muros de piedra y frío se borraron horizontes y sueños. Las noches dejaron de ser amparo o aquel espacio inabarcable donde expandir el alma y los días se limitaron a contar los minutos con la monotonía exasperante de un mantra desgastado.

Rasguño con desespero cada hendija buscando una línea de luz para mis sombras, un aliento de rosas nuevas, una gota de sal del mar de mis eternos o alguna sonrisa extraviada en la maraña de los olvidos. Buscando ser una vez más...


Sol Negro...


Los días parecen empeñados en expandirse con bifurcaciones alocadas, como los brotes de un árbol embriagado de primavera. Decisiones, elecciones y circunstancias que se entrecruzan sin fin hasta convertirse en una maraña indescifrable de contradicciones.

Son encrucijadas yuxtapuestas y que, tome el camino que tome inevitablemente me llevarán a una nueva encrucijada, diferente pero igual. Más que caminos, parecen desfiladeros angostos que se cierran detrás de mí y me impiden volver atrás.

Pero todo, comprendo al fin, no deja de ser un círculo, un laberinto en el que todos los caminos nacen y mueren en un mismo misterioso punto, el eterno Sol Negro. El punto caótico del origen y del final de todo lo que existe, de todo lo que aún no es y de todo lo que nunca será.


El corazón mirando al sur...


En ese instante sintió que la soledad se le presentaba en sus nortes con largas nostalgias de sures y en la tristeza de aquellos barrios que desde su ventana se hacían más distantes cuando las nevadas boreales los acorralaban en el tiempo.

Ilusiones y desilusiones se habían amontonado en las vitrinas opalescentes de los crepúsculos anodinos y deprimentes, descendiendo sobre mil tejados cargados de hielo y lejanía. Entonces el regreso era sólo un esbozo de deseo que se diluía en la maroma de los dolores más antiguos hasta desaguar quemando por entre los intersticios viscerales del alma.