Serpentario...


Así como me ves ahora,
abatida y ensimismada,
sigo buscando con porfía
e imaginando en vano
finales que no fueron,
esas rimas que perdí,
las incongruencias vivas
y las notas discordantes
de mi vida y del alma.

Difícil es vislumbrar la verdad
entre la maraña de sentimientos
que se entremezclan y se anudan
como las serpientes del serpentario,
mordiéndose con furia
las unas y las otras
sabiendo que morirán
en su intento por sobrevivir.
Sin piedad inyectan su veneno
que mata lenta y dolorosamente.

Y cuando las penurias
del cuerpo y del alma
me acechan y arrinconan,
hago el esfuerzo final
para ponerme de pie
y creo ver por la ventana
que aún existe un horizonte,
aunque el cielo se muestre
más gris cada día,
más plomizo, más denso
y siempre amenazante.


Viñetas...

 

Era una noche serena, fría e incierta cuando abrí la ventana para recibir el abrazo del silencio, de la paz y del rocío.

Las estrellas parecían llamarme y sin saber cómo ni por qué, desplegué mis brazos y eché a volar. O tal vez soñaba que iba montada en la bicicleta de mamá recorriendo los rincones del pasado para volver a aprenderlo todo.

De pronto me sentí viajando entre nubes blancas sobre el mar, sobre las olas y la arena acompañada de alegres gaviotas que parecían danzar y me hacían atravesar las fronteras de los años, de mil calendarios poblados de fantasías.

En un pestañeo aparecí por sobre los tejados del barrio, el de la infancia, el del principio de mi principio. Me sorprendió una luz intensa, como un relámpago veraniego que iluminaba la casa de la niñez y la adolescencia. Tan real fue aquello que estoy convencida de haber sentido el aroma de los azahares, del damasco y del césped recién cortado y hasta llegó a mi boca el sabor de las moras maduras.

Aquel fue el refugio de sueños y de futuros borrosos pero fascinantes. Pero ya no hay nadie que me tome de la mano con calidez, que me hable con dulzura, que acompañe mis pasos inseguros, que me haga sentir protegida.

Ahora comprendo que todo fue solamente una tierna ilusión (quizás también lo fue mi infancia) y que allí, en lo que creí ver y sentir, quedaron amores, abrazos y el calor humano que poco a poco me fueron dejando sola.



Todavía espero...

 

Quisiera estar libre de tu recuerdo perpetuo, pero no puedo. Quizás porque si eso pasara dejaría de ser yo.

Me entristece no entender las palabras que insinúa el viento a mis espaldas y que en un capricho de la nostalgia y del desconsuelo suenan como las remebranzas que tengo de tu voz y de tu piel, pero tan lejanas y tenues que al fin termino dudando a pesar de mis certezas.

No quiero vivir así; no puedo vivir así.

Esa imperturbable nostalgia por tu ausencia maquilla mis ojos de angustia y oscuridad. Y así lucen, como golpeados por un destino impiadoso.

No existe el olvido y si alguna vez se me nublara tu memoria, sólo será un fallo momentáneo en la correcta alineación del alma.

Cada mañana la mente guía mis pasos hacia vos y ellos van desorientados y sin rumbo, porque la bruma te oculta de mí.

Cuando alguien se pierde en el horizonte no hay nadie que pueda llenar esa silueta que se aleja. Sólo queda un vacío que permanecerá por siempre, aunque haya quien se esfuerce por volverlo a habitar.

No quiero pensar, pero es inevitable.

No deseo imaginar, porque el dolor es impiadoso.

No espero un presentimiento, porque le temo a la incertidumbre.

Me consuelo con tu reflejo en cada espejo, detrás de mi con tu sonrisa casi tímida. Transparente e incorpóreo, pero llenando todos los espacios de un alma herida, de un corazón anhelante y ya casi resignado.  

Todavía canto, todavía sueño, todavía espero...

Y al fin, me asfixio en la melancolía.



Sentimientos...


Es una sensación, difícil de definir y de describir. Podría decir que son como esferas que se acercan y se tocan apenas en un punto para luego alejarse, aunque nunca se distancian tanto como para intentar resistir la fuerza de la atracción que los mantiene unidos. Como planetas desiertos obligados a moverse a un mismo ritmo pero separados, aunque formando una unidad indisoluble. Atrayéndose y repeliéndose rítmicamente y para siempre.

Afloran en mi espacio delicadamente, como pompas de jabón esparcidas por el viento, multicolores, contorneándose y expandiéndose hasta que parece que pueden abarcarlo todo.

Vuelan, flotan, se atraen y se repelen; chocan, se rozan y estallan. Mueren y renacen.

Visto desde cierta perspectiva, todo parece caótico pero luego me doy cuenta de que es un desorden ordenado. Nada se rige por el azar, aunque eso podría parecer.

Así son, o así percibo a los sentimientos. Una delicada y progresiva tormenta interior, colorida, moviéndose blandamente dentro de mi y que afloran cuando ellos así lo deciden, entre sus luces y sus sombras, atravesando la claridad y lo sombrío de mis profundidades.


Testigo...


Por momentos las ventanas de mi casa parecen convertirse en espejos empañados que reflejan o traslucen un mundo enfermo y hambriento. Puedo ver un cielo trágico que apenas asoma y sobrevuela amenazante por encima de las cabezas de los que caminan sin saber en realidad hacia dónde, transitando sigilosamente por la vida y la inconsciencia.

Desde lejos, como testigo privilegiada y angustiada, percibo la abulia y la desesperación de hoy y la resignación de mañana. 

Lo que aún no alcanzo a comprender es si se trata de una ilusión o de un mal sueño;  de un presentimiento enfermizo o de un presagio macabro. Lo único que tengo por cierto es que esta tierra casi agonizante se encamina a convertirse en un páramo transitado por los fantasmas de los que fueron, de los que aún somos y de los que no podrán ser, porque nada de lo que existe permanecerá ni nada de lo que vaya a existir perdurará. Tal vez sólo resista aquello que los sentidos no captan y que podrían ser lo eterno, el amoroso combustible del universo.

Pero por estos días lo que me desconsuela es no saber adónde se habrán ido los gorriones de mi infancia.


¿Qué será de los sueños?

 

Mis sueños van sin rumbo cierto, como caminantes sin destino, como entes de la nada, como palabras que insinúa el silencio, deambulando por los recuerdos de lo no vivido hasta que al fin se ahoga mi voz entre las voces de lo eterno.

¿Qué será de los sueños, de las ilusiones, los proyectos, los deseos y de la inclaudicable fortaleza de los sentimientos y de las emociones de los que ya no están? ¿Será que todo se disuelve en la nada o quedarán flotando en algún rincón de las almas de quienes los amaron? ¿Se desvanecerán en el aire, se desmembrarán o volverán con la vivacidad y el colorido de un colibrí o en la mansedumbre imperturbable de una paloma?

No consigo alcanzar la profundidad, el grado de conciencia que me revele esos secretos, esas joyas de las almas. 

Tal vez algún día se me presenten como luz incandescente o quizás queden perdidas en el olvido y no escapen jamás de lo más recóndito del inconsciente. O podría ser, tal vez, que sueño los sueños de todos y no lo sé porque al abrir los ojos ya no los recuerdo.

O quién sabe, podría ser que las mías sean las ideas y los pensamientos que a ustedes les quedaron inconclusos y que yo no alcanzo a interpretar.

Todo aquello que se llevó el silencio de la muerte en algún lado estará guardado, esperando para resurgir o volviéndose polvo de estrellas que algún día esparcirá el viento. O se transmutará en vapor, para elevarse y sobrevolar mi vida hasta que me toque el momento de aportar a alguien más mi pequeño bagaje de sueños, de ilusiones, de proyectos y de deseos inconclusos.


Soy...

 

Porque soy estrella lejana, brillo con luz débil atravesando brumas.

Porque soy ave de paso, vuelo hacia el horizonte y mi destino es incierto.

Porque no soy más que un espectro, vivo a lo largo de mis sueños y muero al despertar.

Porque mi esencia es el inconsciente, transito pasados y futuros sin distinguirlos buscando respuestas.

Porque soy noche sin luna, me deslizo entre las estrellas y me ahogo entre las sombras.

Porque soy encrucijada, cada camino que elijo me aleja más de los paisajes que nunca veré.


Por todo esto soy lo que soy, pero sobre todo soy lo que nunca seré.