Sentimientos...


Es una sensación, difícil de definir y de describir. Podría decir que son como esferas que se acercan y se tocan apenas en un punto para luego alejarse, aunque nunca se distancian tanto como para intentar resistir la fuerza de la atracción que los mantiene unidos. Como planetas desiertos obligados a moverse a un mismo ritmo pero separados, aunque formando una unidad indisoluble. Atrayéndose y repeliéndose rítmicamente y para siempre.

Afloran en mi espacio delicadamente, como pompas de jabón esparcidas por el viento, multicolores, contorneándose y expandiéndose hasta que parece que pueden abarcarlo todo.

Vuelan, flotan, se atraen y se repelen; chocan, se rozan y estallan. Mueren y renacen.

Visto desde cierta perspectiva, todo parece caótico pero luego me doy cuenta de que es un desorden ordenado. Nada se rige por el azar, aunque eso podría parecer.

Así son, o así percibo a los sentimientos. Una delicada y progresiva tormenta interior, colorida, moviéndose blandamente dentro de mi y que afloran cuando ellos así lo deciden, entre sus luces y sus sombras, atravesando la claridad y lo sombrío de mis profundidades.


Testigo...


Por momentos las ventanas de mi casa parecen convertirse en espejos empañados que reflejan o traslucen un mundo enfermo y hambriento. Puedo ver un cielo trágico que apenas asoma y sobrevuela amenazante por encima de las cabezas de los que caminan sin saber en realidad hacia dónde, transitando sigilosamente por la vida y la inconsciencia.

Desde lejos, como testigo privilegiada y angustiada, percibo la abulia y la desesperación de hoy y la resignación de mañana. 

Lo que aún no alcanzo a comprender es si se trata de una ilusión o de un mal sueño;  de un presentimiento enfermizo o de un presagio macabro. Lo único que tengo por cierto es que esta tierra casi agonizante se encamina a convertirse en un páramo transitado por los fantasmas de los que fueron, de los que aún somos y de los que no podrán ser, porque nada de lo que existe permanecerá ni nada de lo que vaya a existir perdurará. Tal vez sólo resista aquello que los sentidos no captan y que podrían ser lo eterno, el amoroso combustible del universo.

Pero por estos días lo que me desconsuela es no saber adónde se habrán ido los gorriones de mi infancia.


¿Qué será de los sueños?

 

Mis sueños van sin rumbo cierto, como caminantes sin destino, como entes de la nada, como palabras que insinúa el silencio, deambulando por los recuerdos de lo no vivido hasta que al fin se ahoga mi voz entre las voces de lo eterno.

¿Qué será de los sueños, de las ilusiones, los proyectos, los deseos y de la inclaudicable fortaleza de los sentimientos y de las emociones de los que ya no están? ¿Será que todo se disuelve en la nada o quedarán flotando en algún rincón de las almas de quienes los amaron? ¿Se desvanecerán en el aire, se desmembrarán o volverán con la vivacidad y el colorido de un colibrí o en la mansedumbre imperturbable de una paloma?

No consigo alcanzar la profundidad, el grado de conciencia que me revele esos secretos, esas joyas de las almas. 

Tal vez algún día se me presenten como luz incandescente o quizás queden perdidas en el olvido y no escapen jamás de lo más recóndito del inconsciente. O podría ser, tal vez, que sueño los sueños de todos y no lo sé porque al abrir los ojos ya no los recuerdo.

O quién sabe, podría ser que las mías sean las ideas y los pensamientos que a ustedes les quedaron inconclusos y que yo no alcanzo a interpretar.

Todo aquello que se llevó el silencio de la muerte en algún lado estará guardado, esperando para resurgir o volviéndose polvo de estrellas que algún día esparcirá el viento. O se transmutará en vapor, para elevarse y sobrevolar mi vida hasta que me toque el momento de aportar a alguien más mi pequeño bagaje de sueños, de ilusiones, de proyectos y de deseos inconclusos.


Soy...

 

Porque soy estrella lejana, brillo con luz débil atravesando brumas.

Porque soy ave de paso, vuelo hacia el horizonte y mi destino es incierto.

Porque no soy más que un espectro, vivo a lo largo de mis sueños y muero al despertar.

Porque mi esencia es el inconsciente, transito pasados y futuros sin distinguirlos buscando respuestas.

Porque soy noche sin luna, me deslizo entre las estrellas y me ahogo entre las sombras.

Porque soy encrucijada, cada camino que elijo me aleja más de los paisajes que nunca veré.


Por todo esto soy lo que soy, pero sobre todo soy lo que nunca seré.



Mundo Rayuela...

Me llegan recuerdos de los tiempos en que el mundo era una rayuela y para alcanzar el cielo sólo bastaba una piedrita y unos pocos saltos breves. De cuando ese mundo era el patio y era el fondo, rebozante de frutales y con aquella morera generosa, donde trepábamos para las charlas de amigas viendo el todo desde las alturas. 

Era mamá plantando gajos de gramillón en el jardín y flores y plantas en los canteros. 

Era mi hermano peloteando con papá. 

Era la estalactita que se formaba en la pileta del patio cuando goteaba la canilla en los días más fríos de aquel invierno. 

Eran los lunes de guardapolvo blanco de tablitas y moño, planchado e impecable.

Un mundo con sonidos y colores que ya apenas puedo rescatar alguna vez, o nunca más. 

Extraño las interminables bandadas de mariposas, los simpáticos y atrevidos gorriones, las luciérnagas surcando la oscuridad y hasta el sonido a veces atronador de las chicharras en los días más calurosos o de mil grillos anunciando la lluvia refrescante.

Me llegan recuerdos de un mundo simple, entendible, amable. Perdido.


Hacia el olvido...

 

Cuando ya camine lento tal vez vislumbre alguna consciencia de que éste viaje no es el único y que tampoco será el último. que es y será una travesía sin fin, solitaria y silenciosa en una barca pequeña sin timón, porque no lo necesita...

Voy andando y desandando caminos que creía conocer y que a cada paso dado descubro que me son extraños. No sé hacia dónde me llevan, no sé cómo llegué hasta aquí ni tampoco de dónde vengo. Si alguna vez tuve un rumbo, hace tiempo lo perdí. 

Por lo que siento y presiento, camino en círculos por estrechos pasillos de mi propio laberinto.

Tantos pasos he dado que perdí la cuenta, pero en los sueños sí los tengo presentes y los puedo recordar. Los lugares, las caras y los gestos, las sonrisas y las lágrimas. Las idas, las ausencias y los reencuentros que tuvimos y los que no pudieron ser. Las despedidas esperanzadas, las esperas sin fin y el dolor del olvido forzado. Todos los pasados se hacen presente para luego volver a lo que fueron, incluso mis sueños.

Porque soy esclava de mis recuerdos, soy ama de mis pesares.

Luego pienso que nada de esto existe, que la vida y la realidad son sólo una visión onírica. Pero qué son los sueños sino retazos de esa realidad intangible, esa que no alcanzo a ver pero que es más sustanciosa y verdadera que la que está hecha de carne y de concreto...

Cada vez con mayor frecuencia resuenan voces, se mueven sombras, percibo gestos que me recuerdan de dónde vengo y sin tener conciencia plena, me indican claramente hacia dónde voy: hacia el olvido. 

Es inevitable que me encamine hacia allí y es en ese instante de claridad que me doy cuenta de lo imprescindible que es decir a tiempo lo que es necesario decir, acariciar, besar, amar. Expresar lo que guarda el corazón antes de que la noche se termine de cerrar y el intento de remediarlo sea una quimera. 



Metamorfosis...


Qué cosa es el dolor
sino esta lluvia,
éste pájaro herido.
Un ramillete ensombrecido
de corazones apretados.

Una flor deshojada,
éste viento desgarrado
y mis lágrimas quebradas
cayendo como plomo.

De qué sirve el alma dolorida
sino para gritar la pena,
para lamer mis llagas
y tu corazón transido.

Para alcanzar a los ausentes
en el punto centro
de la memoria
y en el cénit mismo...

de la alegría.

Mariel

NOTA: Esta poesía la escribí el 9 de noviembre de 2010, unos doce días después de la muerte de Néstor.