Preguntas...



Estoy aquí, en este lugar impreciso, sin tiempo ni espacio concreto, en medio de una falacia de fechas y de fronteras.

Estoy y me pregunto, pero las respuestas no llegan.

Estoy y soy porque sé que me encuentro en un punto entre la vida y la muerte. En un lugar ubicado a continuación de la nada, cuando sólo era una idea o una ilusión, y antes de ese otro lugar tan temido e ignorado y que es la mayor certeza de la vida: la muerte.

Estoy no sé hasta cuando ni hasta dónde.

¿O será que me estoy haciendo las preguntas equivocadas?
¿Vine de la nada?
¿Qué es la nada? ¿Será la muerte, quizás?
¿Será, tal vez, que no voy de la vida hacia la muerte, sino de una muerte a otra muerte?

Es probable que si existe realmente una respuesta, sólo la pueda encontrar del otro lado de la puerta de la vida. Al final de cuentas, ¿no es más ancha la muerte que la vida? Quizás la vida física sólo sea una experiencia necesaria que aporte a la perfección de la verdadera vida, aquella que queda envuelta en ese término de imaginario trágico que es la muerte y que podría ser el espacio donde al fin me reencuentre con todas las vidas que he vivido o con todas las memorias de todas mis muertes...

Después de todo, la muerte es la antesala (más amplia o más breve) de la renovación. Veo cada día, a cada instante cómo mueren y nacen cosas, seres, situaciones, ideas. Vidas...

Estoy y me pregunto, pero las respuestas no llegan...

Como serpientes...

Hubo un día en que te abracé en el aire y en medio del silencio insensible de la distancia dije un último te quiero.

Y tu alma se fue sin letras, lentamente...

Ahora hieren los días y los meses, pasa aquel tiempo que intuímos como absurdas ilusiones. Pero cómo medir los espacios vacíos si no es en segundos de silencios de nieve, en minutos de dolor, en eternidades de ausencia. Nostalgias que, como insidiosas serpientes cargadas de ponzoña llegan a mí traicioneramente y no encuentro la forma de librarme de ellas. Me rodean y me oprimen. Penetran por mis poros abiertos en llanto y me poseen sin piedad.
Impotente, percibo su andar resbaladizo a través de mi cuerpo. Mil colmillos de acero descargan su veneno en cada víscera y me deshago por dentro. Lenguas de fuego calcinan mis huesos y  como roca fundida arrasan, incontenibles, mis atónitas laderas y mis valles ya estériles.

Quedaron sangrando las letras nunca escritas, las palabras nunca dichas.

Y las serpientes que mato nunca mueren...



Íntimamente...



Alguien me habita y me acompaña desde lo más hondo de mí, siempre entre las penumbras y el silencio. Ese ser oscuro que me niego a conocer, esa desdibujada silueta apenas delineada en negros y grises que deambula insomne a través de mis huesos y de las aguas fluctuantes de sentimientos y de sensaciones profundas...

Murmura mi nombre en un ruego y yo, tan necia y tan cruel, simulo no oir, deseo no ver y temo sentir.
Y ella, en su dolor, se vuelve a desvanecer entre mis sombras a esperar una vez más el milagro de que mis miedos y desidias le permitan un soplo de vida, un minuto de paz, un susurro de amor.

Y así yo, con mi dolor en andas y en la opaca soledad de mi misma, busco recordar las palabras del pasado, los abrazos que he perdido y las risas que fueron quedando dispersas a orillas del camino.



El gato blanco...



Se corporiza el gato blanco
frente a mis ojos de bruma
y me impregna la mirada
de su inmutable dignidad.
Me observo a mí misma
con altiva indiferencia,
con la impaciencia pétrea
de quien habla con silencios.

Desde su nívea pureza
me seduce para ver más.
Más alto y más lejos.
Para buscar en mí misma
los horizontes inventados
detrás de paredes sombrías
colmadas de ojos inciertos,
quebradizos e inertes.
Casi muertos.

Un piano gotea su melodía
como dulce garúa de otoño
mientras me deslizo, liviana,
con las alas de ilusión
de su felina mirada...

Óleo de mujer con sombrero (Silvio Rodríguez)



Una mujer se ha perdido
conocer el delirio y el polvo,
se ha perdido esta bella locura,
su breve cintura debajo de mí.
Se ha perdido mi forma de amar,
se ha perdido mi huella en su mar.

Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras.
Veo un perro ladrando a la luna
con otra figura que recuerda a mí.
Veo más: veo que no me halló.
Veo más: veo que se perdió.

La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.

Una mujer innombrable
huye como una gaviota
y yo rápido seco mis botas,
blasfemo una nota y apago el reloj.
Qué me tenga cuidado el amor,
que le puedo cantar su canción.

Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndose al centro del miedo
y yo, que no soy bueno, me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.

Silvio Rodríguez

 

Ojalá (Silvio Rodríguez)


Ojalá

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Ojalá se te acabé la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

Silvio Rodríguez

Trashumante...


Soy un claro de luz que ha quedado en el olvido y la huella temblorosa que mis pies abandonaron, erráticos caminantes de ilusiones y de palabras.

Soy la noche que de a poco se desprende de los sueños ya gastados y se apropia con esmero de los sueños no soñados.
Soy el agua dormida de los charcos que añora la sutil opulencia de la nube o el opaco silencio de la bruma.
Soy la cara misteriosa de la luna. La que calla y le sonríe a la oscura frontera de la nada.

Soy, en fin, un alma trashumante que habrá de escaparse alguna noche para volver más sabia una mañana...