Espejo empañado...


Aunque no sé si volver es lo que querría, me gusta creer en la posibilidad de un regreso después de la partida, aún sin saber bien para qué ni cuales serían los motivos que me alentarían a iniciar un nuevo camino, o a forzar un nuevo intento por encontrar la paz.

Con frecuencia los recuerdos me rescatan de la oscuridad del alma para humedecer los labios con apenas unas breves partículas de oxígeno, pero enseguida me arrastran hasta el fondo más profundo de mí misma, donde habita la soledad y desde donde brota una lágrima que cae implacable y se diluye en el océano de todos los dolores. En esas aguas turbias veo mi cara pobremente insinuada, como un reflejo que teme a la luz y que se esconde detrás de un espejo empañado.

Es entonces cuando a traición me asaltan las memorias más antiguas del vacío, del precipicio interminable del olvido y del desamor.


Carta al hermano dormido...


Hermano querido:

Perdoname si te distraigo un momento, pero hace mucho que  necesito escribirte esta carta. No sé si alguna vez la podrás leer aunque tengo la certeza íntima de que así será. De todas formas estoy segura de que siempre supiste todo lo que te estoy por decir porque estas palabras, más que palabras serán la mera graficación de sentimientos permanentes y como vos y yo sabemos, los sentimientos son eternos y viajan de indescifrables maneras destruyendo cualquier frontera y lo hacen por siempre y para siempre y en todas las direcciones, adentrándose más y más en ese infinito que inútilmente siempre quise mensurar y ni siquiera imagino.

Pensaba hoy en nuestras largas e incansables charlas, algunas veces profundas y en ocasiones simples y cotidianas, pero siempre hermosas. Nada me enriqueció más que la luminosidad de tus palabras y el arte que dibujaban tus manos en el aire enmarcando la voz. ¿Te acordás que una vez te dije que al ver tus manos mientras hablabas recordé aquella foto de Picasso, esa en la que él, en la oscuridad, dibujaba la paloma de la paz con la luz de una linterna? Porque tus manos, como tus palabras, siempre fueron luz y crearon cosas, abarcaron momentos, describieron ambientes, expresaban sensaciones. Tus manos eran arte. Tanto es así que nunca pude adivinar si las maravillas que desplegaste toda la vida en pinturas y esculturas o en tu trabajo de tantos años eran la representación concreta de la inagotable magia de tu imaginación y creatividad, o si eran tus manos las únicas artífices de todo aquello, que se movían independientes de tu voluntad. Pero no, no me hagas caso: Esto es sólo una de mis tantas tonterías que seguramente te hubieran hecho reír y que merecerían aquella mirada entre tímida, tierna, divertida y piadosa que disfruté tantas veces. Esa mirada de la que sólo me queda una piel de tibieza en el alma y un instante congelado en el corazón de una foto, aquella imagen que cada vez que miro antes de apagar la luz me parece que tus ojos se detienen a contemplar los míos ya cansados. Entonces me quedo en el centro del cuarto para contarte mis cosas, para decirte que te quiero y que siempre te espero. Pero es ahí que siento que muero de ausencias...

Porque esta falta de vos, tu no presencia en este aquí y en este ahora impreciso y cruel, es un vacío en el cuerpo, es un rayo helado y repentino que petrifica las lágrimas apenas asoman al borde rústico del desfiladero de mis ojos. Y entonces ante mí surge con su rigurosidad este precipicio sin fin y sin principio del insomnio.

Si supieras lo oscuras y reptantes que son mis noches y lo mortecinos y crepusculares que se transformaron mis días, porque con cada minuto que se nos escapó siento que cargo con un siglo más de esta soledad de vos, con cada rayo de sol perdido en esta noche repentina, son multitud las primaveras destempladas que se avalanzan sobre mis hombros y con cada parpadeo cristalizado en la lágrima del tiempo, son miles los fotogramas de tus mundos fantásticos que escaparon de las cuencas de mis ojos, del meollo de las vísceras y del corazón de mis huesos.

Se agrieta mi piel por un grito que surge desde muy adentro, por la necesidad imperiosa de gritar que te extraño, pero vociferarlo es absolutamente insignificante para expresar cómo tu ausencia arrasa mi corazón. Te extraña el rincón de la cocina, al lado de la breve cortina donde te sentabas para charlar y compartir un café; te extraña mi ventana que era la primera en descubrirte allá abajo mientras esperabas a que yo corriera a abrir la puerta; te extraña la casa y el aire que respiro. Es la vida que te extraña y a mí me muerde la pena por dentro...
Tu recuerdo me asalta repentino, imprevisible y a causa de cosas o situaciones que parecen de asombro, pero cuando lo medito un poco me doy cuenta de que no es raro porque hoy sos parte del aire y la brisa te expande más allá de todo horizonte y de toda comprensión.
Salgo al jardín y allí están las mismas flores, el mismo colibrí de siempre, el mismo sol y como cada día está el barrio adormecido más allá de la vereda. Pero entonces el viento llega para susurrarme al oído y despeinar mis cabellos e imagino recuperar un poco de la ternura de tu beso en la mejilla. O cuando llueve, escucho caer el agua con la esperanza de que me traiga de regreso, de adivinar en ella y en su repiqueteo melancólico, la melodía de tu voz. Pero al final resulta ser un puñetazo en el pecho pues no consigo recrear la musicalidad, el tono preciso, las inflexiones sutiles de tu voz y al fin termino llorando de impotencia y desconsuelo. Me quedo entonces sentada en la cocina, al lado de la ventana y frente al rincón que quedó vacío y opaco a la espera de una señal, de una palabra insonora, de una estrella fugaz…

Y ahora te pido que me perdones, pero ya no puedo seguir por hoy. Podría contarte tantas cosas, pero no sé si encontaría las palabras así como tampoco sé si tendría algún sentido pues en realidad sólo cuentan los sentimientos... y de eso ya sabés todo. Sólo me queda el consuelo de que en definitiva, vos y yo somos parte del todo y cada partícula nuestra es una parte de cada ser, de cada cosa, de toda gota y de cada estrella. Somos lo explícito y lo implícito. Lo concreto y lo intangible...

Duerme en paz, querido hermano mío...
Sueña los sueños que yo no he podido y recorre con ellos los infinitos caminos del amor y de la luz...

Mariel


El tiempo sin tiempo...


Como mínima luciérnaga emergiendo tímida desde el fondo oscuro y denso del cosmos infinito, así empezó este tiempo sin tiempo mío. Minúsculo destello de luz transmutado en pasajera desorientada e indefensa que mira por la ventanilla de la vida sin comprender ni el paisaje ni el sentido ni su último destino.

Una insignificante estrella fugaz que fulgura por un segundo en el cielo profundo de la eternidad. Un alma encarnada que apenas comienza a entender que sólo percibe pasados, que todo lo que cree conocer es lo que ha aprendido tiempo atrás. Mente equivocada y febril que supone imaginar lo que es inimaginable y que construye futuros proyectando los errores maquillados de sus propios pasados.

Absurda cazadora de presentes inasibles, escurridizos e imposibles. Presentes que se escapan con el vértigo con que los futuros huyen de la percepción y de las ilusiones y que desde mi ventanilla sólo puedo ver como uno tras otro van quedando atrás, lejanos y perdidos en nuevos pasados.

La materialidad de mi cuerpo, los sentidos falibles, la mente entrenada para reconocer lo que supongo concreto y tangible, el ego construído a los golpes y a ciegas, los sentimientos condicionados por la realidad de lo irreal. Todo, en definitiva, será pasado. Seré pasado para esta ficción nacida de la ilusión de lo temporal, pero cuando regrese al infinito profundo del tiempo sin tiempo, seré presente perpetuo.



En silencio...


Un día se fue en silencio y sin mirar atrás de su casa poblada de vacíos.

Caminó las veredas antiguas de gesto gastado de aquel barrio atestado de soledades.
No había caminantes ni se adivinaban espíritus o brisas que insinuaran vidas latentes.
Hasta le pareció que incluso los gorriones habían preferido otros jardines soleados u otros cielos en flor.

Sólo el eco de sus propios tacones cansados la acompañaron en su andar dolido.



Imaginándote...


Estarás allí, en algún lugar sin coordenadas ni rosa de los vientos, en un espacio desconocido para mí o que tal vez guarde en mi memoria antigua pero que aquí abajo tengo olvidado.

O podrías estar encendiendo estrellas que sean eternas, desactivando la mentira de los relojes o conversando con viejos amigos y con espíritus que aún esperan.

Y mientras tanto aquí,
en lo oscuro de mi cuarto anochecido
ronda sarcástica la muerte.

Cómo se sentirá
no volver a sentir,
qué aroma tendrá
la última bocanada,
el último suspiro,
el instante más solitario,
el del destello final,
el de la agónica mirada.

Una mañana...


Mi cabeza da vueltas por infinitos mundos vacíos. Salgo a flotar por los  infiernos de la nada hasta volver al mismo punto de partida, como encerrada en un gigantesco laberinto que no existe, pero que se siente opresor, asfixiante. Perverso.

En algún momento de lucidez compruebo con angustia que allí donde debería crecer la vida, crece la muerte.

Camino por la casa los mismos pasillos quietos, las mismas sombras. Miro sin ver lo mismo una vez y otras mil. Nada se mueve, nada está vivo, todo me demuestra ausencia y desinterés, desgano, soledad. Abandono.

El silencio de los míos golpea el alma con puño de hierro y ya ni los espejos me hablan.

De algún lado surge un gusano hambriento, sigiloso como el aire, que deglute ilusiones y esperanzas. El silencio lo apaña, la quietud lo alienta, la abulia lo alimenta y yo estoy sin fuerzas para enfrentarlo.

Pero una mañana me levantaré...




Volveré...


Una noche deberé partir,
o una mañana cualquiera.
Pero habré de volver
con la memoria intacta
atesorada en el alma.

Elegiré un día de luminosa frescura
para disfrutar del reencuentro
con los caminos ondulantes
bañados por la claridad sensual
de un otoño amanecido.

Volveré mil veces y una más
como deseo atormentado,
cargada de sensaciones
y oliendo a néctares y a lluvia.

¡Estaré volviendo tantas veces!
Cada día del eterno calendario,
como lo hace el viento
desde el fondo más oscuro
del pasado y del futuro.

Como rocío, perpetuo y fresco,
para humedecer las bocas,
las pétreas manos
y la carne firme.

Volveré siempre igual
y de aquí en más,
como pantera sangrante,
herida y voraz,
acechando amores.

Al llegar buscaré la luz.
Me quedaré muy quieta
ante la luna y el sol
para ser  simplemente
una silueta breve
dibujada al trasluz
entre los velos sutiles
de una brisa otoñal.

Siempre estaré volviendo
como un deseo atormentado
desde el fondo más oscuro
del pasado y del futuro.

Volveré como rocío,
humedeciendo bocas,
reviviendo flores,
renaciendo amores.