Hermano querido:
Perdoname si te distraigo un
momento, pero hace mucho que necesito escribirte esta carta. No sé si
alguna vez la podrás leer aunque tengo la certeza íntima de que así
será. De todas formas estoy segura de que siempre supiste todo lo que te
estoy por decir porque estas palabras, más que palabras serán la mera
graficación de sentimientos permanentes y como vos y yo sabemos, los
sentimientos son eternos y viajan de indescifrables maneras destruyendo
cualquier frontera y lo hacen por siempre y para siempre y en todas las direcciones, adentrándose más y más en ese infinito que inútilmente siempre quise mensurar y
ni siquiera imagino.
Pensaba hoy en nuestras largas e
incansables charlas, algunas veces profundas y en ocasiones simples y
cotidianas, pero siempre hermosas. Nada me enriqueció más que la
luminosidad de tus palabras y el arte que dibujaban tus manos en el aire
enmarcando la voz. ¿Te acordás que una vez te dije que al ver tus manos
mientras hablabas recordé aquella foto de Picasso, esa en la que él, en la
oscuridad, dibujaba la paloma de la paz con la luz de una linterna?
Porque tus manos, como tus palabras, siempre fueron luz y crearon cosas,
abarcaron momentos, describieron ambientes, expresaban sensaciones. Tus
manos eran arte. Tanto es así que nunca pude adivinar si las maravillas que
desplegaste toda la vida en pinturas y esculturas o en tu trabajo de
tantos años eran la representación concreta de la inagotable magia de tu
imaginación y creatividad, o si eran tus manos las únicas artífices de
todo aquello, que se movían independientes de tu voluntad. Pero no, no
me hagas caso: Esto es sólo una de mis tantas tonterías que seguramente
te hubieran hecho reír y que merecerían aquella mirada entre tímida,
tierna, divertida y piadosa que disfruté tantas veces. Esa mirada de la
que sólo me queda una piel de tibieza en el alma y un instante congelado
en el corazón de una foto, aquella imagen que cada vez que miro antes
de apagar la luz me parece que tus ojos se detienen a contemplar los míos
ya cansados. Entonces me quedo en el centro del cuarto para contarte mis
cosas, para decirte que te quiero y que siempre te espero. Pero es ahí que siento que muero de ausencias...
Porque
esta falta de vos, tu no presencia en este aquí y en este ahora
impreciso y cruel, es un vacío en el cuerpo, es un rayo helado y
repentino que petrifica las lágrimas apenas asoman al borde rústico del
desfiladero de mis ojos. Y entonces ante mí surge con su rigurosidad
este precipicio sin fin y sin principio del insomnio.
Si
supieras lo oscuras y reptantes que son mis noches y lo mortecinos y
crepusculares que se transformaron mis días, porque con cada minuto que
se nos escapó siento que cargo con un siglo más de esta soledad de vos,
con cada rayo de sol perdido en esta noche repentina, son multitud las
primaveras destempladas que se avalanzan sobre mis hombros y con cada
parpadeo cristalizado en la lágrima del tiempo, son miles los fotogramas
de tus mundos fantásticos que escaparon de las cuencas de mis ojos, del
meollo de las vísceras y del corazón de mis huesos.
Se
agrieta mi piel por un grito que surge desde muy adentro, por la
necesidad imperiosa de gritar que te extraño, pero vociferarlo es absolutamente insignificante para expresar cómo tu ausencia
arrasa mi corazón. Te extraña el rincón de la cocina, al lado de la
breve cortina donde te sentabas para charlar y compartir un café; te
extraña mi ventana que era la primera en descubrirte allá abajo mientras esperabas a que yo corriera a abrir la puerta; te extraña la casa y el
aire que respiro. Es la vida que te extraña y a mí me muerde la pena por
dentro...
Tu recuerdo me asalta repentino, imprevisible y a causa
de cosas o situaciones que parecen de asombro, pero cuando lo medito un
poco me doy cuenta de que no es raro porque hoy sos parte del aire y
la brisa te expande más allá de todo horizonte y de toda comprensión.
Salgo
al jardín y allí están las mismas flores, el mismo colibrí de siempre,
el mismo sol y como cada día está el barrio adormecido más allá de la
vereda. Pero entonces el viento llega para susurrarme al oído y
despeinar mis cabellos e imagino recuperar un poco de la ternura
de tu beso en la mejilla. O cuando llueve, escucho caer el agua con la
esperanza de que me traiga de regreso, de adivinar en ella y en su
repiqueteo melancólico, la melodía de tu voz. Pero al final resulta ser
un puñetazo en el pecho pues no consigo recrear la musicalidad, el tono
preciso, las inflexiones sutiles de tu voz y al fin termino llorando de
impotencia y desconsuelo. Me quedo entonces sentada en la cocina, al
lado de la ventana y frente al rincón que quedó vacío y opaco a la
espera de una señal, de una palabra insonora, de una estrella fugaz…
Y
ahora te pido que me perdones, pero ya no puedo seguir por hoy. Podría
contarte tantas cosas, pero no sé si encontaría las palabras así como
tampoco sé si tendría algún sentido pues en realidad sólo cuentan los
sentimientos... y de eso ya sabés todo. Sólo me queda el consuelo de que
en definitiva, vos y yo somos parte del todo y cada partícula nuestra
es una parte de cada ser, de cada cosa, de toda gota y de cada estrella.
Somos lo explícito y lo implícito. Lo concreto y lo intangible...
Duerme en paz, querido hermano mío...
Sueña los sueños que yo no he podido y recorre con ellos los infinitos caminos del amor y de la luz...
Mariel