Mundo Rayuela...

Me llegan recuerdos de los tiempos en que el mundo era una rayuela y para alcanzar el cielo sólo bastaba una piedrita y unos pocos saltos breves. De cuando ese mundo era el patio y era el fondo, rebozante de frutales y con aquella morera generosa, donde trepábamos para las charlas de amigas viendo el todo desde las alturas. 

Era mamá plantando gajos de gramillón en el jardín y flores y plantas en los canteros. 

Era mi hermano peloteando con papá. 

Era la estalactita que se formaba en la pileta del patio cuando goteaba la canilla en los días más fríos de aquel invierno. 

Eran los lunes de guardapolvo blanco de tablitas y moño, planchado e impecable.

Un mundo con sonidos y colores que ya apenas puedo rescatar alguna vez, o nunca más. 

Extraño las interminables bandadas de mariposas, los simpáticos y atrevidos gorriones, las luciérnagas surcando la oscuridad y hasta el sonido a veces atronador de las chicharras en los días más calurosos o de mil grillos anunciando la lluvia refrescante.

Me llegan recuerdos de un mundo simple, entendible, amable. Perdido.


Hacia el olvido...

 

Cuando ya camine lento tal vez vislumbre alguna consciencia de que éste viaje no es el único y que tampoco será el último. que es y será una travesía sin fin, solitaria y silenciosa en una barca pequeña sin timón, porque no lo necesita...

Voy andando y desandando caminos que creía conocer y que a cada paso dado descubro que me son extraños. No sé hacia dónde me llevan, no sé cómo llegué hasta aquí ni tampoco de dónde vengo. Si alguna vez tuve un rumbo, hace tiempo lo perdí. 

Por lo que siento y presiento, camino en círculos por estrechos pasillos de mi propio laberinto.

Tantos pasos he dado que perdí la cuenta, pero en los sueños sí los tengo presentes y los puedo recordar. Los lugares, las caras y los gestos, las sonrisas y las lágrimas. Las idas, las ausencias y los reencuentros que tuvimos y los que no pudieron ser. Las despedidas esperanzadas, las esperas sin fin y el dolor del olvido forzado. Todos los pasados se hacen presente para luego volver a lo que fueron, incluso mis sueños.

Porque soy esclava de mis recuerdos, soy ama de mis pesares.

Luego pienso que nada de esto existe, que la vida y la realidad son sólo una visión onírica. Pero qué son los sueños sino retazos de esa realidad intangible, esa que no alcanzo a ver pero que es más sustanciosa y verdadera que la que está hecha de carne y de concreto...

Cada vez con mayor frecuencia resuenan voces, se mueven sombras, percibo gestos que me recuerdan de dónde vengo y sin tener conciencia plena, me indican claramente hacia dónde voy: hacia el olvido. 

Es inevitable que me encamine hacia allí y es en ese instante de claridad que me doy cuenta de lo imprescindible que es decir a tiempo lo que es necesario decir, acariciar, besar, amar. Expresar lo que guarda el corazón antes de que la noche se termine de cerrar y el intento de remediarlo sea una quimera. 



Metamorfosis...


Qué cosa es el dolor
sino esta lluvia,
éste pájaro herido.
Un ramillete ensombrecido
de corazones apretados.

Una flor deshojada,
éste viento desgarrado
y mis lágrimas quebradas
cayendo como plomo.

De qué sirve el alma dolorida
sino para gritar la pena,
para lamer mis llagas
y tu corazón transido.

Para alcanzar a los ausentes
en el punto centro
de la memoria
y en el cénit mismo...

de la alegría.

Mariel

NOTA: Esta poesía la escribí el 9 de noviembre de 2010, unos doce días después de la muerte de Néstor.

Cuando nos recordemos...

 


En un tiempo lejano nos perdimos el uno al otro. En ese instante el latido de las profundidades se adormeció. Tu voz se hizo eco lejano, como un viento helado que cristalizó mis ojos, mi mirada, y hasta la sangre detuvo su andar.

Y entonces lloré. Lloré lágrimas de incertidumbre y de desconsuelo. Una garúa perpetua que convirtió mis huesos en barro.

Cuando nos desmoronamos, cuando nos olvidamos el uno del otro abandonamos el jardín sagrado, sin esperanzas y sin ilusiones. Aquel día condenamos nuestros corazones a la oscuridad. El universo nos maltrató y nuestros corazones se silenciaron.

Olvidamos quiénes éramos. Olvidamos que seremos uno. 

Cuando nos recordemos el uno al otro ocurrirá el reencuentro y después, en un lugar atemporal, volveremos al principio.





El muro...


Bocas que muerden bocas
y dos cuerpos contra un muro
que gimen
que lamen alientos
ambos contra el muro.
Contra el muro son un cuerpo.

Cuerpos amurados
cuerpos clandestinos.
Sólo uno,
un solo cuerpo
el tuyo con el mío.

Mi cuerpo abrazado mordido
ardido y amado.
Violada la cáscara del dulce pecado
se enciende y se crispa
se quema se muere renace y estalla.
Un muro y un cuerpo
el tuyo y el mío.

Dos lenguas de fuego
que sangran y lamen
tu cuerpo
mi boca
tu muro
y el mío.

Manos
que suben y abarcan
que aprietan que lamen
que muerden y besan
que rasgan y bajan.

Sexos
que anuncian mil lluvias
que encienden mis soles
e invocan tus truenos.

Cuerpos que llueven
bocas que abarcan
manos que muerden
muros que truenan.

De a dos los deseos
ardidos quemados alzados
y un eco en mi boca
tu cuerpo en el mío
tus manos de lluvia
y mi cuerpo mordido.

Tu cuerpo
en mi cuerpo.
Tu cuerpo y el mío
y en el mío tu cuerpo...
En mi cuerpo
en mi boca
en mis manos
tu cuerpo.
Y en el mío,
tu lluvia.

Tu boca
y el muro.
Mi boca que bebe
tus besos que llueven.

Mariel

Lo eterno...

(...)
Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.

(Idea Vilariño)


Cuanto dolor esta memoria sangrante, esta daga del recuerdo, esta oscuridad en mi pecho.

Queda tan lejana tu sonrisa, la mirada clara, los abrazos que estremecen la piel. Sensaciones nítidas, perfectas, reales. Sensaciones y emociones para las que no existe un calendario que me fuerce a olvidar.

Desde aquel día es imposible evitar sentir que mis manos son el reloj y que tu ternura es la arena que se escurre entre mis dedos.


Para la noche...


Tras la frontera
de la piel y la razón,
sigue vivo lo vivido.

De tu patio verde
emigraron las palomas
y la ochava me olvidó.

Fueron las manos del tiempo
que saquearon los recuerdos,
pero queda tu perfume
más acá de la frontera
de la noche y de mi piel.

Mariel